La Idea

Tuve la idea un 13 de octubre del año 2011. Unos emprendedores de Santiago fueron a dar una charla a mi universidad para mostrarnos una red social que iniciaron algunos meses atrás. Prometía, se veía que podrían llegar a tener un futuro. Nadie iba a pensar que ellos fracasarían y que sería yo, un simple alumno de pregrado, quien se llevaría el éxito con el tiempo.

En la micro a mi casa se me ocurrió Gossip Room, una red social de rumores. La gracia consistía en que podías crear un perfil donde se podían escribir, anónimamente, rumores sobre tu persona. Por supuesto, tú también podías rumorear lo que quisieras de cualquiera sin ser detectado. Era lo que no tenía Facebook ni Twitter ni ninguna red: la oportunidad de escribir lo que pensaras sobre alguien, sin filtros.

Y es que en Facebook todos fingen. Todos somos políticamente correctos. Aceptas a gente como amigo por educación. Qué feo se vería no aceptar al compañero de la U que te cae mal, o a la compañera estúpida cuya simple presencia te arruina el día. En Twitter la misma historia, no tienes la oportunidad de soltar el cahuín que supiste de alguien sin sufrir las represalias sociales que conllevo el ser un sapo. Gossip Room atacó este nicho.

Mi profesor de teoría de la comunicación me advirtió que la idea podría tener consecuencias negativas. No quise escuchar. La idea de convertirme en millonario estaba incrustada en mi cabeza. Sabía que era mi chance. La única oportunidad que tendría. ¿Qué hay de malo en explotar tus capacidades?

Me demoré un par de meses en estructurar la idea, hablar con un programador y ejecutarla. Al final la hicimos en formato aplicación, disponible para tablets y celulares. A los tres meses del lanzamiento ya habíamos conseguido las 50 mil descargas. El dinero. La fama. El éxito.

Súbitamente me convertí en un rostro transversal. “El Mark Zuckenberg chileno”, me llamaban en algunas portadas. Aparecieron sitios que decidieron contar mi historia. Todos los que me conocían salieron hablando maravillas de mí. El dinero que obtuve me permitió ir a vivir a un barrio acomodado de Santiago. A los 6 meses Gossip Room salió en inglés, francés, alemán e italiano. 4 millones de descargas al primer año. El mundo cambió.

Con los meses, mi círculo de amigos fue otro. De pronto estaba codeándome con los más altos exponentes de la farándula chilena. La fama es un vicio irresistible. Tardaría toda una semana en contar todo lo que viví en esos días. Las mujeres. Las drogas. Los viajes. Dejé de ver por completo a mis cercanos de infancia. Conocí personas más interesantes. Mucho más parecidas a mí, decía. El éxito te cambia, aunque nunca nadie te lo admita en un curso universitario.

El primer caso ocurrió en Argentina, cuando una chica de secundaria se suicidó porque en Gossip Room la acusaron de acostarse con la mitad del colegio. Al parecer era verdad pues a los días apareció colgada en su habitación. Las noticias despedazaron la influencia de las redes sociales en los jóvenes y, particularmente, la inutilidad social de mi aplicación. Después vino un chico con sobrepeso muerto en Italia. Luego Francia. Chile. Brasil. Estados Unidos. 50 suicidios en 2 meses.

La prensa especializada comenzó a investigar. Los primeros estudios aseguraron que la aplicación había ayudado a incrementar los índices de bullying en colegios en un 40% en los últimos meses. Con mi equipo intentamos salir a defendernos. Declaramos que la aplicación era libre de ser usada por cualquiera, para el fin que viera necesario, mas no por eso íbamos a ser responsables por los suicidios. No fue la mejor estrategia comunicacional.

Apple nos dio con todo cuando eliminó Gossip Room del AppStore. Google vino después. Todos nos dieron la espalda. Todos. Tuvimos que declarar el cierre de la aplicación. El incumplimiento de contratos nos llevó a pagar un sinfín de deudas. Tuve que sacar dinero de mi bolsillo para evitar la cárcel. Mucho dinero de mi bolsillo. De hecho, todo el dinero. A mis 26 años pasé de ser un simple universitario, a multimillonario, a empresario en bancarrota. Debí escuchar a mi profesor, que me advirtió de las consecuencias que podría traer mi idea. Debí oír a mi padre cuando me dijo que invirtiera el dinero en propiedades. Ahora ya no me queda nada, solo el recuerdo del éxito que alguna vez tuve.

Las universidades privadas ahora me contratan para dictar charlas y cursos de innovación. Los colegios me citan para contar mi peculiar experiencia de vida. Alguna vez fui jurado en un concurso de talentos. Mi vida siguió, con un rumbo inesperado. Más solo. Sin éxito. Sin dinero. Sin la fama. Sin los amigos de la infancia ni los del jet set. Nada. Solo recuerdos.

Hoy prefiero pensar que todo fue en otra era. En otra dimensión del universo. Cortázar escribió una vez que nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que comenzar de nuevo. Estoy de acuerdo con la primera parte.

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