Cambio de puesto

En mi curso nos portábamos tan mal que un día la profe hizo pasáramos todos a la pizarra y nos ubicó en parejas de asiento para las clases. Teníamos que estar sentados así todos los días hasta fin de año, con el mismo compañero. Mis amigos rieron en silencio cuando la profe me sentó con ella. Yo me ruboricé y mis cachetes se pusieron un poco rojos. No podía decidir si tenía buena o mala suerte.

Los primeros días era demasiado consciente de su mano. La veía moverse y me daban ganas de tomársela. De hacerle cariño con mis deditos. Sus uñas cambiaban de color todos los días. Me intrigaba si sus manos serían frías o cálidas, suaves o rugosas. Ella apenas me miraba, aunque en general era amable conmigo. Para fin de año ya sentía que nos llevábamos muy bien. Ella me ayudó a practicar las tablas, que me costaban y no lograba entender para qué servían. Por supuesto, ella las recitaba con gracia, como si las supiera desde siempre. A veces me fijaba en sus labios y el pecho se me apretaba. La quería. Nunca me había pasado eso antes.

El verano fue interminable. Pasamos todo enero en el campo de un tío en Santa Bárbara y pese a que estuvo entrete yo tenía ganas de volver al colegio. El primer día desperté solo y me vestí solo. Llegué a la sala para sentarme de inmediato en el mismo lugar del año pasado. No llegó a clases el primer día y la profesora sentó a una niña nueva a mi lado. Tampoco llegó el segundo día, ni la segunda semana, ni el segundo mes. No llegó nunca más.

Alguien de mi curso dijo un día que se había cambiado de colegio y que ya no iba a ser nunca más compañera de nosotros. Creo que esa tarde fue la primera vez en mi vida que lloré por amor. Escuché todos los cassettes románticos que tenía mi abuela. Abba, Neil Diamond, Frank Sinatra. Imaginaba todo el día situaciones donde me encontraba con ella. Se acordaba de mí y decía que extrañaba ser mi compañera de puesto. Al fin me atrevía y le daba la mano. Era suave. Cálida. Las uñas rosadas. Todo era perfecto, pese a que ese día nunca llegó. Eventualmente, con el tiempo, la olvidé. Me gustó otra. Volví a enamorarme. Volví a sufrir. Amé, sufrí, olvidé, amé, sufrí, olvidé.

Yo tenía 10 años la última vez que la vi. Hoy tengo 27 y no puedo creer que esté tan nervioso. ¿Se acordará de mí? Apenas fuimos compañeros un año. ¿Y si cree que soy un psicópata? No, tengo que hacerlo. Lo tengo que hacer. Me niego. Me niego. Me niego a vivir toda mi vida a la sombre del what if.

Y con el sonar de un simple click, envié la solicitud al primer gran amor de mi vida.

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