La última mirada

La abuela miró por mucho tiempo a su nieto esa noche, mientras dormía acurrucado junto a su osito. Pensó en que jamás lo vería graduarse del colegio. No podría estar en el almuerzo el primer día que llevara a su novia a la casa. No tendría la oportunidad de pasarle un poco de dinero para que fuera a tomarse unas cervezas con sus amigos. Jamás lo ayudaría a decidir la carrera universitaria que debía estudiar, para en un futuro ganarse la vida.

Ella creía que era injusto. La vida, pensaba, nos entrega muy poco tiempo para aprovechar a los que llegamos a querer; a los que vale la pena querer. Le rompía el corazón pensar que su nieto viviría sin su abuelita a partir de esa noche. “La nana se murió, mamá”, lo escuchaba decirle a su hija, con lágrimas en los ojos y los cachetes rojizos. Era un pequeño tan tierno, tan educado, que no se merecía semejante pérdida a su corta edad.

La brisa provocó escalofríos en sus hombros y le recordó que ya casi era hora. Beso la frente del niño y salió de la habitación. Hizo lo mismo en las piezas de sus otras nietas, de su hija y por último de su longeva hermana. Los extrañaría tanto. Le apenaba dejarlos a su suerte, pero lo cierto era que ya no podía hacer más por ellos. No en esta vida, al menos.

A medida que se acercaba a su propia habitación, la mujer comenzó a sentir el frío que la muerte libera como advertencia. Entró y se vio acostada, justo como estaba al irse un rato antes. Le había tomado varios días calmarse y aprender a controlar la sensación de estar afuera. Ahora nunca volvería. Nunca más

El hombre apareció desde la puerta de su baño, tal y como ella lo esperaba. Era un tipo alto, galante, bien vestido y con la piel blanca como el azúcar. “Es hora, mi señora”, dijo solemnemente. Ella se limitó a asentir. Le dio una última mirada a su cuerpo, que permanecía inmóvil recostado sobre la cama. La duda azotó su mente.

  • ¿Podré ver a mis nietos de nuevo? – preguntó.
  • Algún día, sí. Pero ahora hay otros que ansían verte a ti, buena mujer.- Dijo el hombre.
  • ¿Otros?
  • Hace muchos años que te esperan.- El hombre esbozó una leve sonrisa y le estiro su mano.

La mujer comprendió, sonrió y le alcanzó la mano. Por el miedo, la duda y la pena, casi había olvidado lo mucho que ella también ansiaba ir a verlos.

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