Siempre

Justo al correr el cierre de mi maleta, observé a mi alrededor y caí en cuenta que ya no tenía excusas para retrasar mi partida. La habitación no guardaba ningún objeto que fuera de mi exclusiva propiedad. Miré por sobre la cómoda y encontré la foto de los cuatro en las Torres del Paine, donde fuimos hace dos veranos. La felicidad que irradian nuestros rostros en la fotografía dificulta aún más mi capacidad de comprender exactamente lo que pasa en este mismo momento. Por respeto a mis seres queridos, dejé de perder tiempo en pensamientos inútiles y me dispuse a bajar las escaleras.

Al llegar al primer piso vi que Andrea estaba sentada en el sillón con Sofía entre sus brazos. Mi pequeña lloraba desconsolada, así que supuse que su mamá le había contado que yo me iría. La primera reacción que sufrió mi cuerpo al verla sollozar fue correr y abrazarla, pero cometí el error de contenerme y mirar a mi hija mayor, de pie a un metro atrás de Andrea.

Sus ojos. La expresión repulsiva en su cara al cruzar miradas conmigo. La mueca de asco que se dibujó en la boca de Florencia, quién siempre acusó un respeto imparcial hacia mí. El estómago me dio un vuelco. Las manos sudorosas. Ningún padre debería jamás sufrir la tortura que implica el que tu hija te observe como a un ser repugnante. La única explicación racional para este odio repentino era que supiera la verdad. La innegable verdad.

Al terminar de hacer lo que fuimos a hacer, me quedé unos minutos fumando un cigarrillo y viendo la televisión. La pendeja se vestía rápido. Seguramente tenía otros clientes que atender. Dijo que tenía prisa y no me importó, pues ya estaba satisfecho por esa noche. Tomé la billetera del velador, saqué los billetes y se los entregué. Parece que se fue media enojada, pero para un hombre como yo los sentimientos de una puta son más que irrelevantes. Me vestí de prisa y salí a buscar el auto al estacionamiento del motel. No quería llegar tan tarde, para que Andrea o las niñitas no hicieran preguntas molestas. Y entonces vi a mi esposa sentada tras el volante de su auto, justo a la salida de la habitación. Retrocedió y salió muy lentamente del lugar. No había mucho que decir.

Las tres estaban frente a mí justo ahora. La que fuera mi esposa. Las que serían por siempre mis hijas. Y yo sin una sola palabra que decir. Andrea movió a la Sofía para un lado y se levantó.

–          Ándate luego, por favor. – Me dijo con sus ojos como vitrales- Ya nos cagaste la vida lo suficiente a todas.

Sus palabras fueron como dos puñales clavados y girados en mi estómago, pero tuve la fuerza para una última pregunta.

–          Las niñas. ¿Me vas a dejar verlas?

–          Ahí vemos.

–          Andrea, son mis hijas…

–          Sí, son tus hijas. Si ellas te quieren ver, te verán. Aunque lo dudo.

–          ¡Yo sí quiero verlo, mamá! – Dijo Sofía, y saltó hacia mí para darme un abrazo.

Tuve que darle el sermón del papá exiliado que uno ha leído o visto tantas veces en las telenovelas, sin imaginar que un día estarás en esa situación. Mientras intentaba consolarla, recordándole que nunca dejaría de ser su papá y la vería siempre que ella quisiera, la niña introdujo un papelito en el bolsillo de mi chaqueta. La miré y su cara estaba deshecha de tantas lágrimas, pero se las arregló para lanzarme una sonrisa cómplice. Jamás comprenderé cómo logré contener el llanto.

Andrea le tomó una mano a Sofía y la acercó hacia ella. Me dio una mirada que decía todo. Era momento de irme. No tuve el valor de mirar a mi hija mayor a la cara. Balbuceé un “chao, yo les aviso dónde me estaré quedando” que a nadie le importó y salí de la casa. De mi casa. Nadie te prepara para la primera visión del melancólico cielo nublado luego de arruinar tu vida. Me recordó que no tenía lugar a donde ir. Entre el trabajo, mi familia y las putas, ya no frecuentaba a ninguno de mis amigos. Lo cierto era que ya no tenía ningún amigo.

Cargué el auto con mi maleta y encendí el motor. Antes de partir, le di un último vistazo al lugar donde creí que viviría para siempre y recordé el papelito de Sofía. Solo eran un par de palabras garabateadas con lápiz mina y un dibujo de un palote alto de la mano a un palote pequeño con rulitos. El mensaje rezaba “siempre te voy a querer papi no te olvides de mi”. Las lágrimas, la pena, la rabia, la impotencia, el arrepentimiento… todo salió de una sola vez en el grito más fuerte que di en mi vida, mientras maldecía a la vida por la veleidosa incapacidad de dar segundas oportunidades.

Cuando por fin pude recuperar la compostura, releía en cada luz roja el mensaje en el papelito de Sofía. El único símbolo de esperanza que le queda a mi existencia. Y es que podrás ser un cabrón. Un desgraciado con las mujeres. Un mitómano y farsante con tu familia. Un malagradecido con tus amigos. Nada de eso importa. Siempre, siempre, siempre hay alguien que te quiere.

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