Celebración

Matilde llevaba años sentada en el paseo peatonal. Todas las mañanas salía del albergue con su jarrito y la manta que le regaló un chico muy tierno que solía llevarle comida y café. Sus pies, siempre descalzos, mostraban signos del pasar de los años. Sus dedos estaban rugosos, desgastados de pisar el frío suelo penquista. Las uñas sucias y rotas, con heridas en los bordes de la piel. Ninguna de sus prendas estaba nueva. Recibía, de manera infrecuente, ropa de parte de los niños que misionaban por las calles de Concepción.

Ningún día parecía diferente al anterior para Matilde. Solo el clima variaba y la obligaba a ubicarse bajo las tulipas a pedir limosna, lo que la disgustaba pues nunca apreció aquellas aberraciones que arruinaron una de sus calles favoritas. La gente pasaba impertérrita a su lado, muchos ya acostumbrados a su presencia. Algunos la miraban y sonreían, e incluso a veces arrojaban monedas a su jarrito. Otros pretendían que Matilde era invisible.

El pasado de la mujer era desconocido para todo el mundo, y lo justo sería aportar que a casi nadie le importaba mucho. Llevaba más de cinco años en la clandestinidad, tiempo suficiente para convertirse en una visión normal para cualquier transeúnte. Ella tampoco sufría en demasía por el destino de su vida. Se avergonzaba del tono que había tomado su voz luego de la enfermedad, por lo que la sonrisa era su principal aliada. Le divertía mirar pasar a la gente e intentar identificar a los hombres de buen corazón. La tarea era dura y de una incerteza inhumana, pero ella nunca la dejaba.

El 15 de mayo del 2014, Matilde llegó al paseo como si fuera cualquier otro día de su triste presente. Acomodó su manta, extendió la mano que sujetaba al jarrito y dejó que las horas pasaran de acuerdo al plan de su cotidianeidad. El chico llegó de improvisto y saludó a Matilde con un beso en la cara que la dejó estupefacta, como la primera ruborización que tuvo a los 9 años, o el primer beso infiel que concedió antes de que todo se fuera al carajo.

–          Hola, Matilde. – Dijo el chico – Supongo que no pensaste que olvidaría tu cumpleaños, ¿verdad?

–          ¿M-mm m-mmi cum-cumpleaños? – tartamudeó Matilde, en las que eran sus primeras palabras en público en ocho meses.

–          Claro, mi amiga. Hoy es 15 de mayo y cumples 52 años. ¿No lo recuerdas?

–          ¡Ay! ¡Tienes razón! L-lo olvidé.

–          Bueno, pero yo no. Y de donde yo vengo los cumpleaños de los amigos se celebran, así que hoy vamos a celebrar el tuyo.

El chico abrió su mochila y sacó un gorrito de cumpleaños. Lo colocó en la cabeza de Matilde y en su cuello colgó un collar de cotillón. La mujer permanecía inmóvil con la boca abierta y los ojos casi desorbitados. Incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. De pronto un grito de emoción escapó de su boca y su cuerpo de estremeció ante el recuerdo en vida de lo que significaba la emoción. Las manos le tiritaban y la mandíbula se le escapaba de control.

El chico la miraba con una sonrisa.

–          Te gusta la sorpresa parece. Pero mira, aquí viene la mejor parte.

De su mochila sacó un pastelito y se lo pasó a Matilde, quien apenas pudo sujetarlo porque sus manos casi no respondían. Volvió a soltar un gritito emocionado. El chico puso una velita sobre el pastel y prendió la mecha. Los ojos de la mujer arrojaron las primeras lágrimas de alegría en nueve años.

–          ¡Amigos, un poco de ayuda! ¡Amigos! – le gritaba el chico a la gente que pasaba por el paseo peatonal. Varios curiosos se detuvieron a escucharlo y se ubicaron al lado de Matilde. – Mi amiga aquí está de cumpleaños. ¿Alguien me puede ayudar a cantarle cumpleaños feliz? Necesito un poco de ayuda.

Hubo un rumor de aprobación entre los mirones y más gente se unió a la pequeña muchedumbre que rodeaba a Matilde y al chico.

–          Ahora cantemos todos juntos. Cumpleaños feliz…

Una veintena de personas corearon la canción alrededor de ella. Matilde lloraba a mares y el chico le sujetó el pastel para que no se cayera. Llegado el momento, la que alguna vez fue una mujer triste pidió los tres deseos que la multitud exigía, y luego sopló las velas. Sus primeras velas de cumpleaños en siete años. El rugido de los vítores y aplausos que siguieron casi derrumban a Matilde de la felicidad. Se arrojó sobre el chico en un abrazo inédito en su día a día.

–          Gr-gracias, mi am-amor.- Le dijo entre balbuceos.- Mu-muchas gracias de c-corazón.

–          Para eso son los amigos. – Respondió el chico con una sonrisa.

Más tarde ese día Matilde volvió a la normalidad junto a su manta y su jarrito. Ahora la acompañaban el gorrito de cumpleaños y el collar de cotillón, que guardó como si fueron los regalos más caros de la ciudad. Y lo eran, pues le recordaban que su búsqueda de hombres de buen corazón no fue infructuosa.

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