El que Vivió

Cuando por fin recuperé el sentido del tacto, el polvo y la ceniza se aliaron con el objetivo de sentenciar toda chance de sobrevivir. No sé cuánto tiempo estuve en el limbo. Abriendo los ojos cada cierto tiempo, pero incapaz distinguir forma alguna. Tampoco puedo recordar mucho. Solo un estruendo ensordecedor, un destello similar al flash de esas cámaras de fotos tan bonitas y luego el fin del mundo. Como si estuviera a bordo de uno de esos aviones que sobrevolaban siempre mi casa. La gravedad dejó de ser ley; todo y todos volamos.

 

Pasaron los días, o al menos esa impresión tenía. La humareda aflojó con el tiempo, pero yo seguía incapaz de moverme, preso entre las ruinas. Los escombros no me permitían ver nada más lejano a un metro. Moría de sed, de hambre, de calor. Comencé a perder los deseos de vivir, casi al mismo tiempo que perdí las esperanzas de que mi padre apareciera moviendo los escombros para rescatarme. Poco a poco, los párpados dejaron de ser mi propiedad. Se movían a su antojo, indomables. Mis ojos se abrían y cerraban, me dormía y despertaba, omitiendo la voluntad.

 

Llegaron gritos lejanos, que debían ser sueños, pues hace mucho tiempo comprendí que estaban todos muertos. Todos los que conocía. Los gritos se acercaron. Sentí unas manos que me tantearon, pero no pude hablar, mucho menos moverme. Por horas escuché ruidos desconocidos. Como de maquinas. Como de otro planeta. En un nuevo parpadeo involuntario, me di cuenta que me habían sacado. El chorro de agua en la cara fue como un renacer. La vida invadía mi cuerpo nuevamente, aunque seguía muy débil para comunicarme. El primer rayo de sol me dañó los ojos. Me tomó un minuto acostumbrarme a la luz… pero jamás debí acostumbrarme.

 

Allí donde solía estar mi pueblo, mi infancia, mis recuerdos, no había nada. Solo fragmentos de materia que apenas si daban una pista de que en este lugar alguna vez vivió la gente. El desierto. La soledad. No vi rastro de mi casa, ni de la escuela, ni de mis amigos, ni de mi familia, ni de mi vida. El soldado que me llevaba en sus brazos gritaba en un idioma desconocido. Más soldados corrían y se movilizaban para distintos lados. La bandera azul ondeaba sobre la mayoría de los coches.  Mis párpados cometieron una nueva traición.

 

La enfermera manejaba mi idioma en un nivel cavernario, pero logré comprender que me trasladarían a un centro de acogida, en el norte de mi país. Que había empezado una guerra, que el ataque aéreo fue inesperado, que mi pueblo solo fue uno de muchos otros borrados del mapa. Que yo era el único sobreviviente Dejé de escuchar. La duda sobre qué sería de mí era inevitable. Y pensé en mi padre, que alguna vez me dijo que mientras nosotros moríamos de hambre y de la guerra, en otro lugar del mundo la gente compraba ropa, paseaba en su coche y jugaba en los parques (o como sea que se llamen esos lugares verdes tan maravillosos y desconocidos). Quizás yo ahora formaría parte de ese mundo. Tendría la fortuna de conocer una vida mejor.

 

 “La fortuna”, me descubrí pensando, incrédulo, antes de soltar, por fin, el llanto.

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