Suerte

En octavo básico la vi por primera vez. Yo era uno de los del montón de mi curso. No resaltaba. No caía bien, ni caía mal. No era gracioso, ni de los “minos”, y menos bueno para la pelota. Ella entró a la sala el primer día de clases de ese 2005. Los siúticos le llaman “amor a primera vista”. Yo no sé qué nombre tendrá, pero la vi y supe que sufriría como enfermo por esa mujer. Por supuesto que ella no se fijó en mí en lo más mínimo. Al mes ya pololeaba con el tarado gigante del curso. Clásico.

 

Pero yo podré ser muchas cosas en esta vida, menos mediocre. Llámenme antisocial, freak o lo que quieran, mas cuando yo quiero algo, siempre lo consigo. Tarde o temprano. Estuve enamorado de ella toda la media. Habían rumores de que estuvo con muchos chicos del colegio. Tuvo un par de novios serios, pero nada importante, para mi gusto. Con el tiempo logré acercarme bastante, siempre con el cuidado de no entrar en su círculo de amistad. Yo no la quería como amiga, y tenía que ser muy cuidadoso de que jamás encontrara en mí la faceta del “amigo huevón”, como tantas veces me ha pasado.

 

El año 2009 salimos de cuarto medio. Hacia fines de ese año, ella ya me miraba de otra manera. El tiempo pasó a mi favor. El estirón de los 18 logró que sobrepasara el metro 90, lo que automáticamente generó un cambio en el tipo de miradas que me daban las chicas. Experimente con unas cuantas, solo por deporte, para ganar un poco de cancha. Pero siempre mi objetivo fue el mismo. Uno solo. Ella.

 

En nuestra fiesta de graduación bailamos mucho rato. Pensé que al fin tendría mi oportunidad, pero nunca falta la estúpida mejor amiga ebria que debe ser atendida. La oportunidad se esfumó, aunque yo confiaba en el verano que se acercaba. Fuimos varios del curso a pasar las vacaciones a Pucón. Tuvimos momentos tensos, miradas que nos delataban. La presencia de su ex, también compañero mío, imposibilitó concretar cualquier cosa. Ya estaba cerca, muy cerca de lograrlo.

 

A mediados de febrero me animé y la llamé por teléfono. Por algún motivo que desconozco, resulta mucho más fácil concretar una cita hablando por celular que chateando por Facebook. Salimos un par de veces, yo jugando a ser un caballero. El verano ya terminaba. La universidad supondría muchos nuevos rivales que no estaba dispuesto a sortear. Debía ser ahora.

 

El penúltimo día de febrero por fin me animé a besarla, luego de una mediocre película en el cine, la última función. Entre risas nos propasamos en mi auto, y me lancé al vacío invitándola a mi casa, sola por esa noche. El “vamos” de respuesta volcó mi corazón. 5 años es una vida de espera, todo para este momento. Yo sabía sus gustos. Música de Cole Porter y vino blanco amenizaron la velada. Fluyeron los besos, las caricias. Una delicada mordida en el cuello fue el nexo para subir la intensidad. La tomé en brazos, como si ella fuera una pluma, y la llevé a mi pieza, a mi cama. La desvestí con delicadeza, como tantas veces lo había planeado en mis fantasías. Besé todo su cuerpo y luego mi ropa cayó al suelo. Al fin pasaría lo que por tantos años soñé que pasara.

 

Fue entonces cuando ocurrió. Primero un estruendo en ascenso; el ruido ensordecedor. Luego siguió el corte de luz, seguido por el movimiento irracional que sacudía mi habitación. Todo crujía y se quebraba, parecía el fin del mundo del que tanto hablaron. Nos vestimos como pudimos y salimos de la casa. Finalmente, el caos. La gente lloraba, las madres llamaban a sus hijos, los niños vomitaban del miedo, la radio hablaba de un escenario dantesco, los perros ladraban sin parar y la noche remató todo con una brisa tan helada como el mismísimo polo norte. El resto es historia conocida.

 

Su madre perdió la casa en el terremoto, y con ella la mayor parte de sus bienes materiales. A los pocos días se mudaron donde sus familiares en Santiago y decidieron quedarse allá, donde mi chica estudiaría definitivamente.

 

Y así fue como perdí la oportunidad que esperé casi toda mi vida adolescente. Algunos lo podrán calificar de una tontera en contraste con la catástrofe nacional que provocó el sismo. Otros apelarán a que fue una jugarreta del destino. Yo prefiero pensar que, simplemente, tengo una suerte de la puta mierda.

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