Juntos de la Mano

El día en que ella vio la luz, el sol negó su aparición, cediendo terreno ante las nubes, la lluvia y el viento. La sala de espera del hospital era amplía, como esos salones antiguos con eco, aliados del frío y la soledad. El piso estaba hecho de cerámicos blancos y duros. Las manos del hombre sentado frente a la sala de parto estaban temblorosas, una mezcla entre el aire helado y el nerviosismo extremo que recorría cada célula de su cuerpo. La imagen con una niña bebé se encendió sobre la puerta, y el tipo se levantó entusiasmado, feliz por primera vez en toda esa tarde de larga espera. La enfermera lo llamó con una seña y caminaron juntos por un pasillo, llegando a una salita todavía más fría que la anterior. Cuando entró, vio a su esposa con una pequeña criatura entre sus brazos, tan diminuta que no podía estar viva de verdad. Las manos le seguían temblando, incluso con más fuerza debido a la súbita oleada de felicidad. Quizás eso podría explicar por qué flaquearon en el momento de recibir a la niña, escurrida como un pez, precipitándose de lleno al duro cerámico y golpeándolo de lleno con su frente. Hoy la veo en el jardín, buscando alguna flor que le parezca bonita. Hace un mes cumplió los 26.

El día en que él nació, su padre pensó que aquello era un castigo del Señor. Nació entre algodones, con una carita muy diferente a la que sus tradicionales padres esperaban. El doctor intentó explicar que no se trataba de una enfermedad, sino un trastorno genético, posiblemente debido a la avanzada edad de la madre. Pero sus padres prefirieron no escuchar, señalándose el uno al otro como culpables en lugar de entender. Las aspiraciones políticas del padre le llevaron a desechar la idea de darle la vida que merecía. Le buscó entonces un lugar para olvidarlo, y siendo solo un niño lo internó. La madre lo frecuentó durante un tiempo, hasta que el cáncer apareció para llevársela sin aviso. Su padre jamás volvió a visitarlo. Ahora dibuja en la salita, con un lápiz de mina rojo, algo parecido a un corazón. Pronto cumplirá los 33.

Los descubrí hace un tiempo sentados en el comedor. Todos los días realizaban la misma rutina, siempre comiendo juntos a la hora de almuerzo. En las tardes salían al patio de la mano y encontraban algún pastito donde volver a sentarse. Cada uno estaba inmerso en su pequeño mundo. Interactuaban poco, balbuceando algunas palabras; entre ellos se entendían. La maravillosa e inexplicable conexión que tienen los seres humanos enamorados. A veces pasaban toda la tarde en el suelo sin hacer nada. Los insectos se paseaban por sus pies, sobre todo las hormigas, ante sus miradas amables e impávidas.

Pero hoy los vi en algo poco habitual. La ruptura de la rutina. Ella le trajo del jardín una flor, cuyos pétalos habían caído casi por completo debido a la fuerza que utilizó al arrancarla. Él la recibió con una sonrisa, mientras sacaba un papel arrugado de su bolsillo y se lo entregaba. Noté como su carita se ruborizó, apretando el papel contra su pecho. Al pasar junto a ellos, no resistí y miré lo que estaba escrito en el papel. El corazón estaba descuidadamente trazado con un lápiz mina, y abajo se podía leer, con un poco de esfuerzo, la frase “Solo pienso en ti”.

Fue entonces cuando comprendí que no podía haber nadie en este mundo tan feliz.

Basado en la canción de Víctor Manuel

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