La Placita

En un pequeño barrio de San Pedro de la Paz existe una placita que siempre amanece limpia. Los niños corren, saltan y ensucian la plaza, todos los días, sin tregua alguna. Levantan el polvo, botan al suelo los palos de helado, pegan los chicles en cualquier parte y arrancan las hojas de los árboles, para luego desparramarlas por doquier.
 
 
El alcalde brilla por su ausencia. Hace años que no envía gente a limpiar la plaza de clase media, ocupado intentando agradar a ricos y pobres por igual, con el objetivo de mantener el cargo. Tampoco los padres se preocupan del aseo de ese lugar, pues apenas si se enteran que sus hijos juegan ahí en el día, demasiado ocupados con sus oficios y quehaceres.
 
 
Durante cada una de las madrugadas, temprano, antes que salga el sol, a eso de las 5 am, el viejo Gastón se levanta y parte con su pala, rastrillo y un paño humedo rumbo a la placita. Se tarda todo lo necesario en limpiar el desastre que los niños causaron la jornada anterior. No se inmuta ni se enfada. Es un sacrificio necesario a sus 83 años. Aprendió a realizarlo con alegría. Es el precio a pagar para que, al sentarse en el banquito de la plaza a leer, como es su rutina, pueda escuchar a los niños gritar, cantar o reírse; para que puedan estar ahí.
 
 
El precio del analgésico contra la soledad.

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