Mi Tío

Básicamente, mi tío y yo sufrimos del mismo actuar implacable de la desgracia, con 35 años de diferencia. El amor, así como el ser humano, evoluciona y adopta nuevos mecanismos para resquebrajar los corazones de los desafortunados, y hundirlos en su miseria. Mi tío, por la década del 80, cuando la música era una mierda y las películas mediocres, donde la televisión derrotó definitivamente al cine y a los libros, esa época en la que las cartas aún no eran un cliché premarital, vio escabullirse de entre sus manos al amor de su vida.

Ella venía de Córdoba, Argentina. Conoció a mi tío en el verano del 88, mientras vacacionaba con sus amigas en las playas de La Serena. Él trabajaba de salvavidas por ese entonces, siendo un experto en seducir, enamorar y despachar a las mujeres. Todo en una misma noche, por supuesto. Pero apenas vio a esta argentina de 1.78, pelo rubio y ojos verdes, supo que era su chica. La che tenía algo que las otras no tenían, aunque siendo justos con la vida, lo cierto es que mi tío veía en ella algo que en las otras no veía.

Fueron 2 meses de relación intensa. Ella se quedó un mes extra en La Serena, solo para estar más tiempo con mi tío. Pasaban las noches enteras observando las estrellas en la playa, y soñando y planeando cómo sería su vida juntos para siempre. Mas la realidad siempre es una fortaleza inexpugnable, inmune a las ilusiones de la frágil mente humana. Ella regresó a Córdoba dejando una estela de promesas de amor y fidelidad. Por su parte, mi tío volvió a su Concepción cargando una maleta de esperanzas y paciencia.

Durante un mes funcionó el sistema de correspondencia, con cartas llenas de planes sobre el futuro. La primera semana sin cartas, mi tío se asustó. Ese miedo avasallador que inunda el cuerpo cuando se teme lo peor. A la sexta semana sin carta, el actuar implacable de la desgracia había cobrado una nueva  víctima. A la séptima semana llego una escuálida carta, que rezaba más o menos lo siguiente:

“Perdoname. Volví con mi ex novia hace unas semanas. Debí decírtelo antes, pero ya está. Vos sabés que te quiero y te deseo lo mejor. Espero sea feliz. Lo mereces.

Lu.”

La historia cuenta que muchas islas pequeñas del pacífico sur sufrieron fuertes vientos huracanados esa tarde, provocados por los gritos desgarradores que mi tío lanzó en dirección al océano, consciente al fin del actuar implacable de la desgracia.

Yo te perdí un 25 de febrero, a eso de la 11 de la noche. Lo recuerdo porque fue el día en que te perdí. Fue la primera vez en mi vida que lloré toda una noche, hasta el amanecer, sin amagues ni intentos por contenerme. En los días siguientes actué por inercia. Evité todo contacto contigo por unas semanas, pero el ciberespacio es un vasallo de los reencuentros inesperados. No sé si me dolió tanto lo que dijiste, o cómo lo dijiste, o el trasfondo de lo que dijiste.

“Antes de todo nosotros éramos amigos”.

Pasaron 2 años y el dolor nunca se fugó. Aprendí a disimularlo y sobreponerme, eventualmente. No fue hasta que mi tío me sorprendió viendo tu perfil de Facebook que descubrí el símil de su historia con la mía.

–          ¿Esa no es tu ex?

–          Sí – le dije avergonzado, cerrando la pestaña.

–          ¿Y para qué la tienes en Facebook?

–          No la tengo. No somos amigos.

–          Entonces cómo puedes verla…

–          No tienes que ser amigo de alguien en Facebook para ver su perfil.

La cara de mi tío se desconfiguró. Estamos hablando de un hombre casado, con 3 hijos, un perro, dos departamentos en Reñaca y una moto de agua. La vida completamente resuelta. No entendía que podía acomplejarlo tanto.

–          ¿Puedes buscarme el perfil de alguien?

Me dijo el nombre y la encontré sin dificultad. En la foto de perfil solo se veía la silueta de una pequeña bailarina en la oscuridad, pero en la foto de portada estaba ella, de unos 50, guapísima para su edad, abrazada de un hombre canoso y con dos chicos adolescentes entre ellos, que por los ojos verdes y los rasgos finos se notaba eran sus hijos.

Desde el terremoto del 2010, cuando casi pierdo a todos mis seres queridos, que no sentía la sensación que me produjo mi tío al echarse de rodillas, apoyado en mi hombro, a llorar desconsolado, instantes después de mirar la fotografía. Solo cuando lo abracé y contemplé la imagen, comprendí que ambos éramos víctimas del mismo actuar implacable de la desgracia.

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