Ravel

Todas las tardes de la semana, salía del colegio y se dirigía al centro de Concepción. La mochila con cuadernos en blanco y su instrumento lo acompañaban sin falta. Rara vez cargaba algo más consigo. Al llegar a su galería favorita, ubicada justo en frente de la Plaza de la Independencia, Marcelo acomodaba el estuche abierto frente a sus pies, empuñaba firme el violín con su mano izquierda y daba inicio al concierto de rutina.

Su pieza de partida siempre era el Second Waltz, de Shostakovich, pues nada mejor que comenzar algo con tu canción favorita de la vida. Había interpretado la melodía infinitas veces, pero siempre lograba estremecerse con su belleza. Continuaba con estilizadas versiones de Tea for Two, Nessun Dorma, Cavalleria Rusticana y otra de sus preferidas, Chi mi Frena in tal Momento, por mencionar un par. Algunas personas que circulaban por la galería se detenían a observarlo y, en el mejor de los casos, a escuchar. Tal vez los mayores reconocían alguna de las canciones, fascinados ante el recuerdo de armonías olvidadas; quizás los más jóvenes eran cautivados por los sonidos que brotaban de su violín; de cualquier forma, muy pocos colaboraban con una moneda.

Por una Cabeza, de Gardel, y La Vie en Rose, de Edith Piaf, trasladaban a Marcelo hacia un momento poco grato. La entrada en la recta final de su repertorio le obligaba a pensar. La música dejaba de ser lo único que importa; cada persona que pasaba y no arrojaba dinero era una punzada en el estómago. Intentaba evitar, con toda la fuerza de su espíritu, mirar la cantidad de monedas que había en el interior del estuche. El esfuerzo por mejorar sus interpretaciones crecía a medida que pasaba la hora. Como si eso ayudara. Como si alguien se preocupara de qué tan bien toca el violín un pobre músico callejero. No. No debía pensar así. Aún no.

Dicen que el final de toda presentación, por insignificante que parezca, debiese ser épico, inolvidable, único. Para Marcelo esto era ley. Por mucho tiempo practicó duro con el objetivo de que su versión del Bolero de Ravel fuera la mejor que el oído penquista haya escuchado, a un solo instrumento. Y así lo era, pero a nadie parecía importarle. Con los primeros síntomas de oscuridad, la gente perdía el interés por la música de la calle, y si pocos aportaban monedas a la luz del sol, las propinas del crepúsculo eran casi inexistentes. No podía culparlos. Qué les importaba a ellos las horas de ensayo, sus necesidades de dinero… las necesidades de Gabriel.

Con una fría última nota termina el concierto. El violín deja de llorar y sus cuerdas reciben el merecido descanso. Marcelo cuenta el dinero. Apenas 4 mil pesos. Tendría que volver a pedir fiado en la esquina, Gabriel no tendría leche ni pañales para mañana. El estuche fue cerrado.

Al emprender el retorno a su hogar, las palabras balbuceadas por su padre antes de morir resonaban en su cabeza: “Debes cuidar a tu hermano. Nunca dejes de ser un hombre honesto. Jamás abandones tus sueños”.

– Intento hacer todo lo que me dijiste al mismo tiempo, papá. Créeme que no es fácil, pero lo intento”, pensaba Marcelo mirando al cielo, todas las tardes camino a su casa.

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