Esa Noche

A las 3.50 AM sonó el teléfono. Siempre que me molestan a esa hora es porque algo malo pasó. Clásico, nadie llama a un ex tira como yo en la madrugada para preguntarle cómo va el divorcio, sino para resolver algún problema. Contesté y claro, el Don. Habló rápido. Dice que está en un problema de la puta madre, que me necesita y hay buenas lucas si lo ayudo. Dinero obliga. Me levanté y partí hacia el destino que me indica.

Llegué a la media hora. El Don estaba de pie afuera de su camioneta con dos mocosos. Guardias, seguramente. No eran nadie. El lugar era bastante retirado, camino a Santa Juana. Me acerqué al Don y le pregunté cuál era el problema. Explicó a la rápida y apuntó al pickup. Caminé y vi que el cabro tenía pinta de cuico. Bien vestido, se notaba encachado, aun cuando tenía la cara destrozada y la camisa manchada en sangre. Cubrí mi mano con un pañuelo y toqué levemente su cuello. Nada. Estaba muerto.

Poco y nada era lo que teníamos que hacer. De hecho, era bastante simple y lógico. La gente, luego de matar, no atina. Les cuesta pensar con claridad. Se complican y enredan. Les digo a los pendejos que lo tomen de los pies y las manos. Yo busqué un par de ramas. Lo dejamos a la orilla del río, en medio de la nada. Antes de cubrirlo con las ramas, reviso su pantalón y extraigo su billetera. Frente al cuerpo, como medida psicológica, explico al Don y a los idiotas las mentiras que dirán como coartada, en caso de que lo necesiten. Ellos no discuten, sólo escuchan.

Volvimos al camino. El Don me entrega un fardo con billetes que no cuento, guardo en mi bolsillo. Estaban a punto de subir al auto cuando lo vi por última vez. Y le hablé por última vez.

— Jefe, tenga cuidado. A éste lo van a andar buscando.

Al llegar a mi casa no siento nada. No siento culpa, ni responsabilidad. Ya está amaneciendo. Encendí la estufa a leña y me quedé frente a ella durante unos minutos. Tendría que ir a confesarme uno de estos días. Quizás le diré al cura lo que pasó. No podrá decir nada. Secreto de confesión.

 

Antes de ver arder la billetera en el fuego, reviso el carnet de identidad, sólo para saber si hablan de él en las noticias: “Jorge Matute Johns”.

Y entonces la arrojé.

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