Las Jirafas

De niño se quedaba horas observándolas en el Zoo del Parque Chapultepec. Su abuelo solía acompañarlo en las mañanas, pues sus padres trabajaban y nunca tenían tiempo para sus anhelos de pequeño. Le llamaban la atención su largo cuello y la extraña forma de sus cabezas. En su casa las dibujaba con sus lapices de colores en un cuadernito. El viejo le daba su opinión de los trazados. Con el tiempo se dio cuenta, después de semanas de mirarlas casi día por medio, estudiándolas, durante varias horas seguidas, que jamás emitían sonido alguno. La duda fue planteada a su abuelo, quien se rió y le explicó:

– No es posible para el oído humano captar la frecuencia del sonido que emiten las jirafas.- Dijo el viejo. – ¿Cómo? ¿O sea que hacen sonidos?
– Pues claro, pero simplemente no podemos escucharlas.

El chico alucinó. El impacto aumentó con el dato que su abuelo le dio de agregado: ninguna jirafa tiene las mismas manchas que la otra. Esto podrá sonar evidente para cualquiera, mas para la humilde mente de un niño de ocho años, todos estos detalles son formidables. La belleza de aún poseer la capacidad de impresión. Formas de comprender lo inexplicable de los misterios de la vida que se le venía encima.

Con el tiempo el Zoo dejó de ser un interés, suplantado por las bondades que la Xbox 360 ofrecía. Una novia que tuvo varios años participaba en actividades pro liberación animal, por lo que los zoológicos dejaron de ser un panorama válido. Hoy su abuelo ya no está, una víctima más del paso del tiempo. Por eso la oleada de recuerdos abrumó al joven estudiante universitario al ver nuevamente una jirafa en el lejano Uruguay, luego de 13 años sin avistarlas.

Se quedó observándolas por horas, como hacía cuando pequeño. Él ahora era un dibujante en vías de desarrollo y no tuvo que esperar llegar a su casa para hacer lo que hacía de niño. Sacó su libreta y comenzó a trazar un dibujo de la jirafa. Al terminar, miró a su alrededor y vio que estaba solo. No había nadie que pudiera ver el dibujito. Nadie que lo evaluara. Solo estaban él, la jirafa y su libreta. Todos en un aparente silencio sepulcral.

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