Apaga la Luz

Apenas un rato antes de que apagáramos la luz, Clementina me dijo que le dolía un poco su brazo izquierdo, el cuello y la mandíbula. Le pedí que se quedara tranquila. Seguramente quedó adolorida por andar jardineando durante la tarde. Mi pobre vieja. 72 inviernos en el cuerpo y aún no puede dejar de limpiar sus plantitas. Es como quitarle a un canario su capacidad de cantar. Se agachaba más de la cuenta, a mí opinión. Pero no había caso. Resultaría más fácil lograr que caiga nieve en el desierto antes de que ella abandone sus orquídeas.

La sentí levantarse al baño. No pude calcular cuánto tiempo pasó desde que apagamos la lamparita hasta que se paró de la cama. Me traicionó el cansancio y no tomé mi celular para ver la hora. De pronto la habitación se iluminó. La luz me encandiló unos segundos, y cuando pude enfocar vi a Clementina apoyada contra la puerta del baño, intentando mantener el equilibrio.

– ¡Viejo, viejo! Me sien- me siento mal. Me sien….

Y cayó de bruces al suelo, de frente, de cara, como un robot que se desploma al ser desconectado. Como un árbol cede ante el filo del hacha. Intenté levantarme muy rápido y las piernas, añejas y cansadas, me traicionaron. Caí de costado al suelo desde la cama. El azoté me dolió, pero lo olvidé en un instante. Solo me urgía llegar donde estaba mi viejita. Me levanté tambaleando y llegué entre gateos a donde estaba mi mujer.

– ¡Cleme! ¿Estás bien? ¡Háblame! ¡Háblame!

Clementina no reaccionó. Tenía los ojos perdidos. Temblaba. Sus manos tiritaban y saltaban, en medio de espasmos. Intenté sujetarla, pero era inútil. No reaccionaba. Tarde me di cuenta que de nada servía ahí a su lado. Me volví lo más rápido que pude y cogí el teléfono celular. Llamé a la ambulancia y dijeron que ya estaban en camino. Corrí de nuevo donde mi esposa, quien ya no temblaba. Ni se movía. Ni reaccionaba. El pánico inundó mi cuerpo, cada gota de sangre, cada célula viajera. La impotencia de ver morir al ser más querido de mi vida. La tomé entre mis brazos e intenté hablarle. Leí o vi en alguna película que eso funcionaba. Tenía que funcionar.

– Viejita, mi viejita… no me dejes. No te vayas, mi amor. Por favor. – La garganta se me desgarraba. El nudo se volvía ciego.- ¿Qué voy a hacer sin ti? No me puedes dejar ahora. No aquí. No así. Por favor, mi vida. Háblame. ¡Dime algo! ¡Clementina!

Tardé un par de minutos en notar que los ojos de mi cielo miraban sin ver. Estaban idos. Perdidos. En otro lugar, uno mejor, quiero pensar ahora. Creo que grité muy fuerte. Los párpados se me rompían de tanto llorar. Mi cuerpo ya no estaba bajo control. Siquiera noté cuando los paramédicos entraron, ni cómo entraron. Solo quería abrazar a mi viejita, a ver si volvía. A ver si escuchando mi voz regresaba para ir a jardinear conmigo un ratito. O para escuchar a Charles Aznavour de nuevo. Abrazados los dos. Solitos. Pensando en los hijos. En los nietos. ¿Cómo le explicaría esto a Martincito? ¿Cómo le diría a María José que su abuelita ya no está?

“No me puedes hacer esto, Clementina”, grité. O quizás lo dije en mi mente cuando el paramédico me la quitó de los brazos y la revisó. El mundo se destruyó cuando dijo que ya era tarde. Estaba muerta. Y yo aquí, inútil y solo, por primera vez en 45 años.

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