El Concierto de Paul

El día en que Rosario se enteró que Paul McCartney se presentaría en el Estadio Nacional, sufrió un ataque nervioso y su madre debió prepararle un tecito con menta para calmarla. La chica era joven. Solo 19 otoños vividos, pero al menos 14 de ellos habían estado complementados con The Beatles, de una u otra manera. Su padre, quien era un beatlemaniaco por excelencia, le había enseñado todo lo necesario sobre la banda cuando ella era muy pequeña, antes de fallecer. Rosario recuerda siempre el funeral de su padre por la gran cantidad de flores que embellecieron la ceremonia, pero sobre todo por A Day in the Life, la canción que sonó mientras bajaban el cuerpo, la favorita de su papá.

El fanatismo es hereditario y Rosario amaba tanto a The Beatles como su viejo. De hecho, los amaba mucho más, pues no hay ser vivo en esta tierra que enloquezca y adore a una banda de rock como una mujer. Su pieza estaba repleta de fotografías y posters de los Fab Four, además de escritos con las letras o frases que más le gustaban. También tenía la discografía entera, en cassete, cd y vinilos. Ostentaba la colección entera de DVD’s que se han vendido en Chile, incluyendo la antología, conciertos en vivo y documentales varios. Su pequeña perrita Basset Hound llevaba por nombre Penny Lane. Un nivel de fanatismo surreal.

Este es el motivo del colapso que sufrió Rosario al enterarse de la visita al país de Sir Paul. Al fin podría ver a un Beatle en vivo. Al fin escucharía, de la voz de uno de sus creadores, las canciones que la habían acompañado en cada momento de su corta vida. Desafortunadamente, Rosario vivía en Coyhaique, a casi 2 mil kilómetros de Santiago. La entrada no presentaba un problema, pues era relativamente barata, pero sí lo era el costo del viaje. Su madre no tenía mucho dinero, y la mayoría de los artículos de su colección beatlemaniaca los había heredado de su padre o adquirido después de trabajar duro en la tienda de su tía.

Pero una fanática siempre encuentra la forma, y Rosario no reparó en esfuerzo para juntar la plata que necesitaba. Sólo pudo adquirir la entrada de Cancha, pero a ella sólo le importaba verlo, no importaba desde donde. Cuando llegó el gran día, la chica sintió que las 22 horas de viaje eran como un año viviendo en la carretera. Al llegar al Estadio Nacional, sola y con su cuerpo agotado debido al extenuante viaje en bus, Rosario empezó a temblar de los nervios. Faltaban casi 8 horas para el concierto, pero seguía sin poder creer que podría ver a McCartney en vivo. Que podría cantar All my Loving a dúo junto a Paul. Que escucharía A Day in the Life, una vez más, como la escuchara al despedir a su padre, que no podía estar ahí como debería para acompañarla.

Las puertas se abrieron al fin 3 horas antes del show, y Rosario entró corriendo junto a los otros fans, en la disputa por un lugar privilegiado para presenciar el espectáculo. Logró abrirse paso entre la gente y ubicarse justo sobre la reja que separaba la Cancha regular de la Cancha Vip, centrada al escenario. No podía pedir una ubicación mejor. Seguía muy nerviosa. El reloj avanzaba lento, pero ella seguía incrédula que estaba a minutos de escuchar por fin a un beatle. Como muchos de ustedes sabrán, la puntualidad es sagrada para un británico, y Paul no fue la excepción. A las 9 en punto comenzó a sonar la música que presentaba al músico. La multitud enloqueció, pero nadie tanto como Rosario. Las manos le temblaban y su cuerpo se tensó como nunca antes. La gente empezó a empujar. El aire se volvía muy pesado. Sofocante. La mezcla de los nervios con el calor humano lograron marearla, todo multiplicado por mil debido a la emoción que la embriagaba. De pronto, como una mancha de tierra a lo lejos en medio del mar, Rosario vio aparecer a McCartney. El público rugió y comenzó a sonar Hello, Goodbye. Y entonces todo se apagó.

Rosario escuchó una voz a lo lejos y se encandiló por una luz blanca que le apuntaba a los ojos. Logró enfocar y vio a una mujer sentaba frente a ella. Le hablaba muchas cosas confusas, pero solo alcanzó a oír la frase que la haría perder el sentido a seguir viviendo: “…te desmayaste y tuvieron que sacarte en brazos. El concierto ya terminó…”.

La vida es completamente hermosa, de eso no hay duda alguna. Sin embargo, y muy de vez en cuando, puede ser una real perra. 

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