Plumas y Pinceladas

El joven escritor deambula sin un rumbo establecido por Caminito, maravillado por la abrumadora cantidad de belleza artística que descubría después de cada pestañeo.
 
El viejo pintor espera sentado que algún turista se le acerque para preguntar el precio de los cuadros, como todos los días desde hace ya muchos años.
 
El joven escritor se acerca al puesto de un viejo en medio de  la avenida, sin ninguna otra intención que curiosear entre las obras de arte que cuelgan en las mamparas.
 
El viejo pintor mira al chico que observa con curiosidad sus cuadros y le habla de inmediato, contando cualquier anécdota que pudiera ser interesante sobre la pintura en la que tenía puestos sus ojos; la chance de una venta no se desaprovecha.
 
El joven escritor escucha la anécdota del pintor y no se deja impresionar, es común que los ancianos divaguen sobre lo buenas que son sus obras de arte.
 
El viejo pintor nota que su labia no está surtiendo efecto, y decide abordar una estrategia más agresiva, enseñándole al chico uno de sus cuadros favoritos.
 
El joven escritor queda prendado del cuadro que el viejo le enseña, y también de los que están al lado, pero uno en particular llama su atención inmediata: el amor a primera vista entre el arte y aquel que desea amar el arte.
 
El viejo pintor se ríe ante el interés del chico en ese cuadro, pues no es de su autoría; su esposa lo pintó un par de años antes, cuando las manos eran menos rasposas y los ojos veían más claro.
 
El joven escritor pregunta el precio de aquella lámina, y accede de inmediato a pagarlo; ridículamente bajo para la maravilla de pintura que tiene frente a él.
 
El viejo pintor invita al chico a pasar a su taller, con el fin de envolver la lámina en un cartón y así pueda viajar sin riesgos de arruinarse.
 
El joven escritor entra en el taller del viejo y su alma de artista en formación se rinde ante la belleza que la infinidad de cuadros colgados desprende.
 
El viejo pintor sonríe ante la mirada impávida del chico tras una ojeada a su taller; decide preguntarle a qué se dedica.
 
El joven escritor titubea y le confiesa al viejo que desea ser escritor, que actualmente no puede definirse como tal, pero el proceso de formación está en curso desde hace unos años, cuando empezó la carrera de periodismo.
 
El viejo pintor le dice al chico que para ser un escritor exitoso debe leer muchísimo y jamás dejar de escribir, al igual que él nunca dejó de pintar.
 
El joven escritor escucha al viejo con atención, con una extraña sensación de estar mirándose a sí mismo en su vejez, o al menos a la vejez que desearía tener.
 
El viejo pintor le habla de Borges y de un cuento que el chico desconocía, enseñándole una portada de libro que hizo, muchos años atrás, para el intelectual argentino.
 
El joven escritor se ríe ante la coincidencia, sacando de su bolsa una lámina con un relato y una foto de Borges, que adquirió solo un par de minutos atrás.
 
El viejo pintor también sonríe mirando la lámina de Borges; mira al chico y le dice que decidió hacerle un regalo.
 
El joven escritor, dubitativo, plasmó su firma en la parte de atrás de la lámina que estaba a punto de comprar, como el viejo le pidió amablemente.
 
El viejo pintor, en un alarde magnifico de talento y experiencia, transformó, en un par de trazos con su pluma, la firma del chico en una silueta de una pareja de bailarines de tango.
 
El joven escritor perdió el habla ante la demostración del viejo, atinando solo a agradecer tan delicado regalo.
 
El viejo pintor envuelve la lámina y se la entrega al chico, mientras le dice que siga escribiendo y plasmando bellas historias en papel.
 
El joven escritor le entrega el dinero del cuadro al tiempo que agradece la visita a su taller y le pide una forma de contactarse con él.
 
El viejo pintor le entrega su tarjeta de presentación al chico, diciéndole que será un grande y que siga en la incesante búsqueda del éxito.
 
El joven escritor estrecha la mano del viejo y le agradece, nuevamente, su bondad, dejando el taller y al viejo, muy a su pesar.
 
El viejo pintor vuelve a sentarse junto a la mampara, a la espera de un nuevo cliente, deseando que todos demostraran el interés que el chico escritor mostró.
 
El joven escritor siguió su recorrido por Caminito, visitando otras mamparas y hablando con otros pintores, pero consciente de que ese viejo talentoso es tal y como él quisiera ser cuando viejo.
 
El viejo pintor y el joven escritor habrían sido, quizás, muy buenos amigos, si el mundo y el tiempo no trabajaran de manera inexplicablemente injustas. Quizás habrían compartido experiencias y se beneficiarían mutuamente, como ocurre en el cliché de muchos libros y películas. Pero ya ven, en la vida real solo quedará el recuerdo de ese fugaz encuentro, que significara, quizás, mucho para uno y poco para el otro. Y jamás se volverían a ver.
 
 
Para Guillermo Alio y su mujer, alentadores de sueños

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