Fin del Acuerdo

Al abrir la puerta y entrar, lentamente, en la iglesia, el frío y silencio que predominaban en el inmenso corredor solitario, produjeron en él escalofríos. Le era imposible acordarse de la última vez que había visitado uno de estos lugares, pero supo de inmediato porque no extrañaba estar en ellos. Un segundo escalofrío regateó por su cuello al ver el ataúd, justo frente al altar, erguido al final del pasillo. Los pasos hacia ella le parecieron incontables, como caminar intentando llegar al horizonte en medio de un desierto. Él sabía que no estaba preparado para esto, mas debía hacerlo de una buena vez.

Se detuvo titubeante frente al féretro, firme ante la tentación de marcharse de aquel lugar, y miró a través de la ventanilla. Ella estaba ahí, tal como la recordaba. Majestuosa. Su cuerpo, aún cuando la vida había huido de él, seguía irradiando perfección. Y eso que sus ojos estaban cerrados, estremeciéndose nuevamente al recordar la tenacidad de su mirada. Pese a estar ahí, fría, inmóvil, muerta, seguía irradiando la sensación de que todo estaba bajo su control. O quizás eso le provocaba ella a él. Súbitamente, con la vista pegada en su deslumbrante rostro, la materia gris comenzó a recordar.

Recordó las tardes junto a los sauces, en los innumerables picnics que compartieron, pretendiendo estar en un lugar fascinante. Por su cabeza volaron destellos de recuerdos y memorias, tantos y tan variados que lograron abrumarlo. Ella reescribiendo y corrigiendo sus textos, aprovechando esa capacidad única que tenía de perfeccionar el trabajo de él. Ella escuchándolo, entendiéndolo, acompañándolo. Siempre. Y también dando explicaciones. Desapareciendo en las noches. El celular apagado o sin señal. La excusa de salir con unas amigas desconocidas. El argumento del cansancio en la intimidad. Ella saliendo de un departamento, cuando se suponía estaría cenando con los colegas. Se acordó de sus sorprendidos ojos en el momento exacto en que aceleró el auto frente a ella; la única vez que sus ojos parecieron no tener todo controlado; sus manos temblorosas, pero la piernas firmes, mientras cargaba contra la traición, la mentira y el engaño; la cartera sobre el capó teñida de rojo.

Apartó la vista del ataúd, debatiéndose entre la culpa de sus actos y el orgullo por su valentía. Se sacó el anillo del dedo y lo botó junto a ella. Le dio la espalda por última vez, y caminó por el pasillo en dirección a la salida, con una leve e inesperada sonrisa hospedada en su rostro. Recordó asentir ante las palabras “hasta que la muerte los separe”. Supo entonces que el acuerdo… había terminado.

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