El Olvido

La puerta de la micro se abrió y él bajó trastabillando, incapaz de sostenerse en pie mucho más tiempo. Lo golpeaba de vez en cuando, sin previo aviso, como el mar azota el roquerío al subir la marea en pleno atardecer. Las imágenes aparecían en forma de flashes en su cabeza; el delicado cabello reluciendo al sol;mejillas suaves y acogedoras; un par de ojos claros encontrándose con los suyos. La perdición.

Sacó las gafas de la mochila y se las puso de inmediato. Él solo usaba gafas los días que lloraba por ella. Escogió la lista de reproducción más triste de su Mp3 y se dispuso a iniciar la tradicional caminata masoquista, propia de cada vez que el corazón cedía ante los recuerdos que no debían ser recordados. 10 cuadras separaban el paradero escogido de su casa, tiempo suficiente para desahogarse, entre lágrimas y música depresiva. El rito era pésimo para su salud, lo sabía, pero era la única forma de que nadie supiera que aún arrastraba la pena de la perdida. 6 meses habían pasado. Ella ya no estaba, pero él seguía ahí. Ella jamás entendería, jamás comprendería lo que él sintió. Ella nunca sabría lo que era para alguien como él perder alguien como ella.

La ley de la calle es que cada persona se preocupa solo de sí misma y los suyos. Y él lo agradecía. Contados con los dedos de una mano eran aquellos que llegaban siquiera a notar las lágrimas que caían, singulares, bajo los lentes de sus Ray Ban. Pero incluso al darse cuenta que estaban frente a un espíritu desecho, escondían la mirada sin reaccionar. Nada es más incómodo que un desconocido llorando frente a ti. Mejor así, lo último que él necesitaba eran palabras alentadoras motivadas por la compasión. Prefería estar solo, acompañado de sus fallecidos amigos Caruso, Gigli, Pavarotti, y otros tenores. No podía recordar si empezó a escuchar ópera porque estaba solo, o si quedó sólo cuando empezó a escuchar ópera.

Entre tanto pensamiento inútil, las calles avanzaban deprisa. Eran las últimas 3 cuadras siempre las de una dureza mayor. La tecnología puede ser el peor enemigo del olvido, y un aliado constante de la tentación. Tantas formas de comunicarse con ella; un Whatsapp, un tuit, un mensaje de texto, una llamada. Él sabía que no era correcto, que no conduciría a ninguna parte. Que ya no había vuelta. Formaba parte de un pasado lejano/reciente que debía ser dejado atrás, aunque todas las fuerzas de su corazón dijeran lo contrario. Ella ya no formaba parte de su futuro, nunca más, aun cuando lo olvidaba todas las mañanas, para recordarlo durante el día, de la peor manera.

Vislumbró su casa justo en el momento en que Una Furtiva Lágrima comenzaba a sonar, desgarradora, pero certera. Su familia lo estaría esperando para tomar once. Había llegado la hora de quitarse las gafas y apagar la música; ocultar la tristeza y deshincharse los ojos. Él debía seguir funcionando, por todo en lo que creía y los que creían en él. La vida continuaba, terrible y sin detenerse, como siempre. Aunque ahora sin ella… sin ella.

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