Segunda Oportunidad

Llevaba casi dos años con el mismo deseo oculto. Regresar, retroceder, volver. Tener las mismas oportunidades perdidas y aprovecharlas. Enmendar los errores, cambiar los detalles. Escuchar más. Tan solo pedía una chance de tener una vida mejor que la actual. Retomar los sueños y hacerlos realidad al fin. Pero ahora este era su sueño. Todas las noches, justo después de apagar la televisión y antes de dormir, Tomás cerraba los ojos y deseaba, con toda la fuerza de su mente/espíritu/alma, lo que todos hemos deseado alguna vez: volver a ser un niño de 10 años.

Los eventos de la vida se desarrollan de una manera inexplicablemente injusta. Resulta absurdo creer que un ser mediocre, haragán, flojo y cobarde como Tomás, fuese merecedor de lo que ocurrió la madrugada del 13 de mayo de 2018. Esa mañana, al abrir los ojos, su habitación ya no estaba. La reemplazaba un fondo extrañamente conocido. A los pies de la cama donde estaba acostado, pudo ver el mismo mueble que regaló, por viejo, hace solo 2 semanas. Pero este mueble era casi nuevo. Atinó a mirarse sus manos y la boca se le abrió para gritar. No fue su voz la que escapó de la garganta.

Ese primer día fue el más complicado de toda su vida. Debió disimular su sorpresa a cada rato, aterrado por la realidad y casi incapaz de comprender que su sueño se había cumplido. Había vuelto a estar en 1998; había vuelto a tener 10 años. Le costó no demostrar el shock de ver a su madre 20 años más joven. Ni mencionar ver nuevamente a su padre vivo. Peor aún ver a sus padres despedirse de un beso. El furgón lo dejó temprano en el colegio y se vio obligado a realizar un esfuerzo supremo por recordar cuál era su sala, el nombre de la profesora y de sus compañeros. Fue un día de pretender. Disimular. Intentar ser uno más, aunque se las arregló para llamar la atención varias veces en clases con sus conocimientos de adulto. Aquella noche, después que su madre lo acostara y besara en la frente, Tomás dio gracias a quienquiera que fuera el responsable de esta maravillosa segunda oportunidad.

Los recuerdos siempre son interesantes, no hay adjetivo existente que haga justicia a lo que implica revivirlos. El primer mes de niñez fue increíble para Tomás. Resultó grato ser el mejor jugador de fútbol de su nivel en el colegio. La experiencia que entregan los años te hacen ser más rápido de mente en cualquier deporte. También disfrutó ser el más inteligente de la clase y que muchos profesores le dijeran que parecía un pequeño genio. Un par de veces gozó perturbando a sus padres con comentarios impensados en la boca de un niño de 10 años. Recorrer su querido San Pedro de la Paz en bicicleta una vez más, sin cargar una mochila de preocupaciones en su espalda, carecía de imperfecciones. Ni hablar de las tardes en compañía de su padre, jugando a cualquier cosa y hablando de cualquier cosa; solo con él.

Pero el ser humano no ha sido diseñado para vivir dos infancias, y Tomás comenzó a vivir esta triste realidad al poco tiempo. El Mundial de Fútbol de 1998 fue la señal número uno. Chile tuvo una participación decente, siendo eliminados en octavos de final por Brásil, tal y como él lo recordaba. Mas todo se fue al carajo en la final, cuando, contrario a sus memorias, los brasileños derrotaron a Francia por 2 goles contra 1, con un partidazo de Ronaldo. Tomás no entendió qué estaba pasando.

Una semana después, su padre lo llevó a ver Rescatando al Soldado Ryan, con Tom Hanks, a un cine de la ciudad. Para su sorpresa, la película era completamente diferente a lo que recordaba. Era absurdo, casi parecía un guión diferente, Tom Hanks sobrevivía y Matt Damon acababa muerto, y él siempre se había jactado de acordarse de cada detalle de sus cintas favoritas.Pero eso fue en la otra vida, no en ésta.

Comenzó entonces, a preguntarse si su viaje en el tiempo habría alterado el presente. Alguna vez escuchó que un mínimo cambio al pasado afectaría el desarrollo del futuro, sin creer que aquello eran nada más que suposiciones de filósofos idiotas. La cruda verdad era diferente. Tomás empezó cada día a desconocer más su vida. Pasaban cosas, tanto en lo cotidiano como en el mundo, que no eran como las recordaba. El miedo apareció en su vida nuevamente, al comprender que las oportunidades que siempre quiso volver a tener ya no eran las mismas, sino renovadas y desconocidas; falibles e impredecibles. Y es que la suma de nuestra decisiones nos define; nada sería como lo recordamos si cambiáramos un detalle.

Tomás también experimentó el ser un prisionero, en una cárcel de carne y hueso: la prisión del cuerpo de un niño. Un hombre que ha vivido 30 años ya no es un niño de 10, por mucho que habite en su organismo y pretenda revivir su infancia. No se puede. No es posible. Ya no sabe cómo serlo. Es incapaz de disfrutar lo que solo un niño puede disfrutar. Tenía las necesidades propias de cualquier adulto. Por un tiempo pudo adaptarse, intentar comportarse como un pre-adolescente. Pero Tomás ya era un hombre. Rápidamente, perdió el interés en figurar en su escuela. Ser el mateo del curso tuvo gracia un par de semanas, hasta que los contenidos se hicieron irritantes y aburridos. Lo mismo con el fútbol. Extrañaba a las mujeres, pero sus compañeras de curso eran tan pequeñas como lo que él aparentaba ser. Tampoco en su casa nadie lo tomaba en serio, por mucho que estuviera dando una opinión de capacidad intelectual superior. Para sus padres, Tomás era solo un niño, y dijera lo que dijera, lo seguiría siendo a sus ojos. La impotencia de la incomunicación real.

Pronto comenzó a sentir la soledad. La depresión. El mundo seguía tomando rumbos extraños, desconocidos para él. Ya nada era como lo recordaba. Extrañaba su vida de adulto, a sus pocos amigos y su aburrido trabajo. Consideró decirle la verdad a alguien. Contar que era un hombre de 30 años en el cuerpo de un niño. Su padre lo abofeteó antes que terminara su historia, argumentando “no estar para el hueveo”. Nadie podría culparlo. Fue entonces cuando tomó la decisión.

Esa última tarde pensó mucho. Abrazó a su madre como nunca. Miró a su padre leer, como si se tratara de la película más interesante de la historia. No se despidió al salir con su bicicleta por el patio. Cuando llegó justo a la mitad del puente Juan Pablo II, se apoyó en la baranda y contempló su ciudad. No pudo evitar maldecir contra la jugarreta de la vida. Uno nunca imagina que el cumplimiento de un sueño será tu perdición. La gente solo sueña; anhelando ese incierto destino que creemos sería el ideal, pero la certidumbre que así sea no existe. Solo podemos esperar que un sueño cumplido sea tal y como lo soñamos.

Tomás se preguntó si habrían más como él. Si habrían otros que cayeron en este afán de desear volver a la infancia y la vida los castigo haciendo realidad esta chance de doble filo. Si habrían otros adultos atrapados en el cuerpo de un niño. Quizás por lo mismo existe tanta gente que no logramos comprender. Quizás por eso hay tanta gente solitaria, que pareciera siempre estar en otro mundo. Quizás lo están. Quizás esto explica que existan tantos suicidios adolescentes. Quizás este es el castigo por negar el presente y desear el pasado. Volver a ser niño sin saber como volver a ser un niño.

Entonces Tomás estuvo seguro que su vida había terminado. Soltó la bicicleta, subió a la baranda y miró por última vez a su ciudad. Fue mientras caía que añoró, sin éxito, despertar de nuevo con 30 años. Pero los eventos de la vida se desarrollan de una manera inexplicablemente injusta.

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