El Viajero y el Tigre

Quinto día en el DF y la visita al Parque Chapultepec era una deuda que debía ser saldada. Paloma no le perdonaría volver sin fotos del oso panda, ni mucho menos de las ardillas Sanhe Nuss, que eran como el equivalente a las palomas que hay en las calles de Chile. Sin reparar en gastos, tomó un taxi esa mañana de otoño mexicano, y se dirigió al parque. Con solo una vuelta, comprendió que en su país no existían lugares semejantes. Se detuvo unos minutos para fotografiar a las famosas ardillas, que saltaban hacia atrás y corrían; todo tipo de piruetas con tal de llamar la atención y obtener alguna frutita o maní a cambio.

Pagó la entrada y comenzó a recorrer el zoológico, en soledad. La visita no contemplaba piedad alguna con el corazón. Al voltear en la primera calle se encontró de frente con la residencia de los osos pandas. Como si un rayo del tiempo le golpeara en la sien, volvió, solo por un par de minutos, a ser un niño de 12 años. O al menos así se sentía, parado ahí frente al panda, tomando fotos y haciendo morisquetas para ganar su atención. La mañana no tenía ninguna novedad aparente. Las aguas del río corrían con normalidad, viendo una que otra trucha saltar de vez en cuando. Aún no tenía apetito, pero no tardaría en bajar a la corriente y atrapar un bocadillo. El sol no salía del todo, regateando en lo alto a las nubes; buscando los espacios. Poca gente pasaba por “el Puente de los Sapos”, como le gustaba llamarle, mas no tuvo ningún problema en dejar ver su piel rayada y recostarse, de una manera que muchos catalogarían de exhibicionista, al borde del pequeño precipicio. Solo a mirar.

Tuvo mucha suerte. Según la gente que sacaba fotos junto a él, los pandas jamás se mostraban tan activos como esa mañana. Se quedó disparando su cámara frente al vidrio mucho tiempo, hasta que le dio vergüenza seguir ahí, ante la mirada divertida de uno de los guardias. Continuó su recorrido por el zoológico. Otros animales también lograron captar su interés. El gorila, el orangután, los leones y la pantera, le parecieron asombrosos. Daba gusto estar en un sitio como ese. El espacio para los animales era grato, recreando su hábitat. Sintió pena por las pobres criaturas chilenas, hacinadas en jaulas de dos por dos, sin la capacidad de estirar las piernas. Caminó mucho y fotografió todo lo que pudo. Aún le quedaba un ala del zoo para recorrer, y para llegar allá, comenzó a cruzar un pequeño puente.

Los sapos de aquella mañana estaban, particularmente, aburridos y poco ingeniosos. En días pasados, algunos gritaban y amagaban un intento de saltar al riachuelo. Él sabía lo que querían y se levantaba, luciendo sus rayas majestuosas, cual pintura de Van Gogh, y rugía con todas sus fuerzas. Por pose. La gente alucinaba y lo aplaudía, embriagada de emoción. Pero no era el caso de esta mañana. Muy pocas personas lo observaban, y un ser de su categoría no rebajaría su show a un público de dos o tres pelagatos. El letrero le indicaba que allí habitaba el tigre de bengala; “el felino más grande del mundo”, citaba. Alistó la cámara y se asomó por el mirador izquierdo del puente. De inmediato algo le recorrió el cuerpo. El tigre se encontraba acostado, observando lo que sea que un animal pueda observar cuando mira hacia el infinito. Fue cuando volteó su cabeza hacia él, que comprendió todo. Y entonces miró en dirección al “puente de los sapos”, cruzó su mirada con la de un humano, abriendo la caja de pandora de los recuerdos, o la sensación de recuerdos que ya no eran recuerdos, sino más bien pinceladas de lo que alguna vez, en otro universo, constituyó un recuerdo.

Con solo una imagen de sus ojos, supo que lo conocía de siempre. Supo que ese ser había sido parte fundamental de su existencia, de su pasado. Había visto a ese tigre muchas veces en sus sueños, pero no con su forma actual de tigre, sino como un ente omnipresente que lo acompañara toda su vida. La mirada del humano evocó la sensación del deja vu eterno. La certeza de que, en otro lugar muy lejano y olvidado, el ser que lo contemplaba fue la piedra angular de su vida. Cuando él no era un tigre. Cuando él no era un hombre. Por horas se quedó mirándolo, incapaz de entender el inexplicable lazo que los unía. Ese lazo que se delató al simple contacto de sus ojos.

El día transcurrió rápido. Más rápido que ningún otro que su frágil mente felina pudiera recordar. El humano ya tendría que irse, y él volvería a ser el tigre de todos los días, cautivo en su prisión. Las nubes ganaron la pulseada y el sol retrocedía a un costado del horizonte, derrotado. El zoológico cerraría pronto. Mañana tenía que salir a primera hora rumbo a Cancún. Solo volvería al DF para tomar el avión que lo llevaría de vuelta a Chile. No tendría tiempo de volver a mirar al tigre. Revisó su cámara y las fotos del animal sobrepasaban las 150. Su esposa se indignaría, pero eso importaría en otra ocasión. Ahora mismo, solo tenía cabeza para mirar al tigre por última vez. Vio que el hombre arreglaba sus cosas. Ya era hora. Le dio un último vistazo, con toda la esperanza de su corazón volcado en la inerte chance de algún día volver a verlo y entender. Giró su cabeza y caminó de vuelta a la caverna, dispuesto a continuar con su vida de tigre prisionero.

Vio al tigre levantarse, darle una última mirada, y retirarse a su morada. Sabía que jamás volvería a tener un congreso en México. Las posibilidades de volver al Parque Chapultepec eran ínfimas. Guardó la cámara en el estuche y miró, a forma de despedida, el lugar exacto donde el tigre desapareció. Animó a su cuerpo y caminó puente abajo, rumbo a la salida, con la certeza de conocer al ser que habitaba en el cuerpo del animal en otra vida, y la secreta e inexpugnable esperanza de reencontrarse con él en la siguiente, listo para continuar con su vida de ser humano libre.

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