El Conocido Desconocido

Era el primer día de clases. Siempre es una mierda ese inicio, aunque yo tenía experiencia en situaciones incómodas. Resultaba normal estar ahí parado en medio, un completo extraño entre varios amigos; como el sauce llorón que sobrevive en un bosque de pinos. Al menos conmigo todos fueron amables. Quizás por mi cara de pocos amigos o mi considerable altura y espalda. Es una combinación con la que la gente suele no inmiscuirse de primera cuando eres chico. Él entró a la sala pasada la segunda hora de clases. Llámenlo destino o suerte o como quieran, pero lo sentaron justo a mi lado.

Reservé opiniones sobre el recién llegado. Tenía un poco cara de imbécil, pero era más alto que yo y eso provocó mi respeto de inmediato. Cosas de niños. Nada hacía sospechar que estaba sentado junto al que sería mi mejor amigo por mucho tiempo. Los prejuicios tienden a nublar cualquier tipo de proyección a la hora de conocer a una persona. Excepto con las minas, ahí pasa todo lo contrario. Con los amigos no. De todas las veces que hice amigos, la mayoría de las veces mi opinión inicial es que era un imbécil. O quizás es porque pienso eso de la mayoría de las personas.

Marcos y yo nos hicimos inseparables en apenas 2 días. Resulta que él también encontraba imbécil a casi todo el mundo, escuchábamos música similar y compartíamos una constante lucha intelectual por ver quien sabía más sobre películas. Él no apreciaba el fútbol como yo, pero tenía una katana en su casa y corría rápido en educación física, así que daba igual. Son las cosas que de verdad importan cuando uno es niño. Lo mejor de todo era que vivía muy cerca de mi casa y nos juntábamos en las tardes a lo que fuera. Andar en bicicleta, tirar piedras, ver tele, caminar o hacer nada.

Fuimos amigos durante los 3 años que estuve en ese colegio. Mi padre es pintor y sus ingresos mensuales son impredecibles. Había logrado cierta estabilidad económica al conseguir un trabajo como asesor cultural en la municipalidad. Todo se perdió cuando el alcalde fracasó en las elecciones y la nueva administración despidió a todo el departamento de cultura. Bye-Bye estabilidad. Bye-Bye colegio. Bye-Bye amigo. Por supuesto que me avisaron recién en diciembre que el próximo año estaría en un colegio mucho más barato y lejano. Temas de dinero. Evité armar un berrinche. Había visto a mi papá llorar a escondidas demasiadas veces como para complicar aún más su existencia. Lo que más me preocupaba era perder a mis amigos, pero estuve pensando y yo ya estaba bastante grande. Tenía 15 años y mi mejor amigo vivía cerca. Además teníamos el MSN para chatear cuando quisiéramos. Era imposible que se perdiera la amistad. Era imposible.

El primer año en mi nuevo colegio mantuvimos el contacto. Marcos fue para mi casa un par de veces. Fuimos a carretear con mis ex compañeros durante el primer semestre. Esto pasó cada vez menos en el segundo. Eventualmente, dejamos de frecuentarnos. Chateábamos harto, eso es cierto, pero cada semana en menor medida. Con el tiempo pasamos a tener la conversación más común entre ex amigos que no quieren admitir que su amistad ya no es amistad; “Y? Cuándo nos juntamos?”. La incapacidad de reconocer cuando el estatus pasó de “amigo” a “conocido”. Luego ya ni eso. Un saludo educado cuando nos encontrábamos en algún lugar, o cuando pinchaste la ventana equivocada del chat. Intentos de parecer cordial cuando no hay nada que decir.

Todo esto a raíz de que me encontré ayer con Marcos, después de 6 años sin verlo, voluntariamente. Doblé en la esquina equivocada del supermercado y estaba ahí, parado junto a los dulces eligiendo unas galletas. Reconozco que fue incómodo y la idea de dar media vuelta y retirarme cruzó mi mente. Es como encontrarse con la ex en la calle. Fui valiente y me le acerqué. Por supuesto, oleadas de abrazos y preguntas preestablecidas de rigor. Aún así, ninguno pudo evadir la incomodidad, la desagradable sensación de no querer estar ahí. El encuentro no duró más de 2 minutos, que parecieron más largos que nuestros 3 años de amistad. Se excusó con el pobre argumento de tener que llegar rápido a su casa. Acepté la salida que me ofreció, resultaba más fácil que cuestionarla. Se despidió cayendo, obviamente, en el lugar común del “llámame un día y nos juntamos”. “Juntarnos a qué?”, pensé. Asentí con entusiasmo y respondí con el “yapo, demás que sí” más falso de la existencia entera.

Me cuesta creer que alguna vez ese tipo fue parte indispensable de mi vida. Hablábamos todos los días, de todo y de nada. Compartíamos risas y tristezas. Él era en quien más confiaba. Sin embargo hoy le preguntó “cómo estás?” y ya no sé qué más decir. No sé de qué hablar ni como mantener una conversación con él. Y no es que no me importe, porque cada cierto tiempo recuerdo esos años y sonrío. Pero ya nada es lo mismo. Ni nunca lo será. Son cosas que pasan. Las personas entran y salen de tu vida de manera incontrolable, transportados por fuerzas que no siempre podemos manejar.

En el camino a mi casa recordé la línea final de Stand By Me, cuando Gordie Lachance, ya adulto y profesional, escribe en su computadora: “Nunca volví a tener amigos como los que tuve a los 12 años. Jesús, alguien los tiene?”.

Supongo que la respuesta es que nadie los tiene, porque no somos quienes fuimos a los 12 años. Y jamás volveremos a tener 12 años.

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