Invisible

Marcelo era invisible entre la gente. Pocos notaban su presencia, casi nadie valoraba su trabajo y 1 o 2 personas sabían su nombre. De cualquier modo, él no tenía interés en la sociedad. Contados con las manos son aquellos que alguna vez le conversaron, excluyendo el siempre incómodo trato con los múltiples empleadores que conoció en su acotada vida laboral.

Para Marcelo, la vida consiste en trabajar y trabajar, y así tener para comer y un lugar donde dormir. Hace muchos años que desechó la opción de encontrar una pareja. ¿Quién querría a un pobre auxiliar de colegio, gordo y sin habilidades sociales? La cotidianidad constaba de mayor simpleza estando solo, camino que eligió luego de que su corazón fuera hecho pedazos en su juventud. Un hombre solitario jamás debería correr el riesgo de enamorarse, y Marcelo pagó las consecuencias del atrevimiento.

En el colegio donde trabajaba, su interacción con otras personas también era mínima. Los profesores prácticamente jamás le decían “hola”, limitándose a intercambiar palabras solo si necesitaban de su ayuda en las aulas. Algunos chicos bien educados lo saludaban, de forma esporádica, en las mañanas, respondiendo él con un hosco, mas bien intencionado, gesto con la cabeza.

Un día de octubre, el primer día de octubre, ocurrió un hecho que desconfiguró en su totalidad la vida del buen Marcelo. Llegó temprano, como siempre, y sacudió las salas donde estudiaban los pequeños de 3ro y 4to básico. Cuando eran casi las 8, los niños comenzaron a llegar. Una pequeña con lentes y moño se le acercó, impávida; con la maravillosa ignorancia de las represalias que tendría la acción que estaba a punto de realizar.

– Feliz día del auxiliar, tío Marcelo.- Dijo la niña, dándole un abrazo y dejando en su mano un papel – Gracias por tener siempre la salita limpia para nosotros.

Ella se fue y él quedó petrificado, atónito a lo recién ocurrido. Abrió el papel, con un nudo en la garganta, y se vio a sí mismo dibujado, de la hermosa manera que solo una niña de 8 años puede hacerlo. Mientras observaba los descuidados detalles del retrato, pensó que así mismo dibujaría su hija; la que fue apartada de su lado hace ya tantos años. Guardó el papel en el bolsillo.

Por primera vez desde que podía recordar, Marcelo tenía algo que mirar todas las mañanas antes de partir al trabajo. Y reír.

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