Matilda

Capítulo 3. Perdón

Mi hijo yacía inmóvil en el centro de la pequeña capilla. Durante toda la santa tarde, innumerables desconocidos entraron a darme su pésame y despedirse de Rodrigo. La gente no sabe lo doloroso que resulta escuchar aquellos forzados elogios sobre él. Es lo último que deseo oír. Me harté de historias sobre su vida. Sobraban anécdotas, faltaban explicaciones.

El doctor dijo que padecía depresión endógena. Que no era culpa de nadie, pues ocultaba su pena usando la careta del chico alegre que siempre fue. Preguntó si había sufrido alguna pena importante en los últimos días. Alguna posible detonante. Le dije que la niña que amaba terminó con él hace unos meses, que había estado muy mal por eso, pero que últimamente se le veía mejor.

Era verdad. No habían transcurrido ni dos días desde que tomó once en mi casa. Mi hijito. Siempre tan educado, cortés, amable. Levantó la mesa sin que nadie se lo pidiera. Me acompañó a ver la novela, pese a odiarlas desde niño. Soy un desastre de madre. ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo no pude ver en sus ojos que algo pasaba? Ya. No puedo llorar de nuevo. No aquí. No frente a todas estas personas.

Noté de reojo que una silueta entraba en la capilla, pero se quedó junto a la puerta sin avanzar. Volteé mi mirada para ver de quien se trataba y mi garganta se anudó. Era ella. No emití expresión alguna al ver su rostro, semi-desfigurado por las lágrimas. La chica vaciló unos minutos, pero al fin caminó y se situó junto a mí. Sin darme tiempo de nada, la vi arrodillarse y abrazar mis piernas, llorando con un desgarro que me recordó el momento en que me dijeron que Rodrigo estaba muerto.

– Es mi culpa, tía – Balbuceó entre lágrimas – Es mi culpa. Está muerto por mi culpa. Perdóneme. Por favor perdóneme.

Admito mi farsa. Vagamente le dije a mi familia que no quería ver a esta niña ni en pintura. Que ojalá ni se le ocurriera acercarse a la capilla ni a Rodrigo. Pero ahora, viendo a este pequeño ser humano ahogado en lágrimas, aferrada a mis pies, suplicando perdón, descubrí que no podía odiarla. Ni ahora ni nunca. Solo atiné a levantarla del suelo, abrazarla contra mi hombro y llorar junto a ella.

Capítulo 2: La carta

Matilda entró en el departamento y cerró la puerta. Al no escuchar música, supo de inmediato que Rodrigo estaba ausente. Amagó a dejar su cartera sobre la mesa cuando vio la carta apoyada en el florero y firmada en el exterior con su nombre: “Matilda”. Una fría brisa le recorrió la espalda. No sabía que esperar. No estaba preparada para cualquiera que fuera el contenido de esa carta. Respiró hondo, abrió la carta y fue uniendo las palabras.

Matilda

Me cuesta tanto trabajo definir lo que me pasa. Lo que siento. Te extraño. Eso creo saberlo, pero tampoco estoy tan seguro. ¿Te extraño a ti o extraño el recuerdo que tengo de ti? No sabría decirlo. No sé si te extraño o extraño a la persona que creí que fuiste. La persona que en algún momento sentí que eras. Sí. Eso debe ser. Cuando pienso que aún te amo estoy en un error. Ya no te amo a ti. Amo tu recuerdo. Amo el recuerdo tuyo que sigue vivo en mi mente y en mi corazón. Amo la perfección de aquello que nunca fue perfecto. Digamos entonces que fuiste un amor imposible hasta que terminamos. Hasta que me mentiste.

Hace 3 días te vi con él. No te estaba siguiendo, si vas a pensar eso. Te vi con tu amigo doctor, el imbécil forrado en plata del que nos reímos tantas veces. Ése que te escribía poemas patéticos. El mismo que me juraste jamás te podría interesar. Y sin embargo ahí estabas. Sentada con él, con tu rostro irradiando felicidad, y tomando un capuccino en el café que siempre fue nuestro café..

Qué decepción. Le diste la razón al cliché: “Cuando algo es muy bueno para ser verdad, no lo es”. Eso le dice Brad Pitt al Coronel Landa en Bastardos Sin Gloria, te acuerdas? Y no lo eras. Sería un mentiroso si niego que la duda no asaltara mi mente varias veces. Cuando alguien como tú se fija en alguien como yo, es normal que algo parezca no calzar. Demasiada perfección. Muchas mariposas ya no cuadran en este planeta. Debí escuchar mis dudas. Debí escuchar a mis amigos Quizás fui un tonto por creer en el destino. Por creer que uno si puede estar, de veritas, con alguien con quien siempre soñó estar.

Me bastó verte ahí sentada con él para entender que mi vida había terminado. Comprendí que sería incapaz de vivir sin ti. ¿Te digo algo? Hasta hace 4 días yo estaba bien, porque sabía que volveríamos a estar juntos. No sabía si ahora, o en 1 año o en 10. Pero creía en nosotros. Ahora ya no sé quien eres. Y mi vida eras tú. Y ahora ya no sé qué es mi vida.

Fue una maravilla que me llamaras ayer para venir a buscar tus cosas. Me dio la oportunidad del final perfecto. Quizás algún día alguien escriba de nosotros. De este cierre. En fin, quería que me encontraras tú. Te amo.

Rodrigo

Matilda estuvo a punto de vomitar al terminar de leer. Un mareo desestabilizador. La pérdida de la orientación. Y entonces el pánico. El terror. El presentimiento de catástrofe, de angustia… de muerte.

Corrió a la pieza de Rodrigo y abrió la puerta de un golpe. Por solo unos segundos, que para ella fueron 3 vidas en una isla desierta, pudo ver los pies del amor de su vida flotando a un metro del suelo. Después vinieron los gritos y las lágrimas.

Capitulo 1: El viaje

La micro tardaba siglos en cada paradero. Solo quería llegar rápido al departamento de Rodrigo. Lo noté extraño ayer al llamarlo, con esa falsa excusa de ir a buscar mis cosas. Pobre ingenuo, se creyó el cuento completito. Lo extraño demasiado. Tres meses separados parecen más tiempo que los 4 años juntos. Pero ya no volveremos a estar separados. Desde hoy, nunca más.

Y es que me costó entender cuanto lo necesitaba. Solo él me comprende. Solo él me escucha. Rodrigo es el único capaz de entrar en mi cabeza sin que yo diga palabra alguna. Cuando una pierde algo así, pareciera que faltase una parte de mí misma. Pero yo soy una estúpida. Necesité de esto para darme cuenta que no quiero volver a separarme de su lado. Tuve que ser abofeteada para despertar. Para abrir los ojos. Pero ya los abrí.

Pasé donde Cristian hace 3 días. Tenía la duda. Llevaba semanas con la duda. Yo sé que Rodrigo lo odia, pero él era el único que podía ayudarme. Y resultó ser lo que me imaginaba. Al principio estaba en shock. No sabía que decir. Cristian me dio un abrazo y me invitó a tomar un café a la esquina, para celebrar. Siempre se ha pasado rollos conmigo, pero esto era distinto. Le dije que sí y aproveché de bombardearlo de las preguntas de rigor.

La micro ya casi llega. Muero de ansiedad. Quisiera sacarle una foto a Rodrigo cuando le diga. Conociéndolo, supongo que se enojará un poco por haberle mentido con lo de “venir a buscar mis cosas”. Pero bueno, en fin. ¿Quién puede seguir enojado por tonteras cuando se entere que será papá?

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