El Cartonero

Recorría las calles del crepúsculo al amanecer, recolectando todo el material que la oscuridad pusiera en medio de su camino. Las noches albergan una gran cantidad de objetos, desechados u olvidados; lo que para uno es basura para otro es materia prima. La carretilla avanzaba junto a él. Siempre a su espalda, tal y como un niño pequeño que no se despega de la protección de su padre. Era su amiga. La única fiel. Una herramienta de trabajo, claro está, pero también una compañera de rutas, de trasnoches, de laburos.

Los cartones eran su principal objetivo. Por toneladas se vendían a buen precio, sobre todo en el puerto, pues algunos marinos lo utilizaban para embalar objetos delicados antes de zarpar a destinos lejanos que él desconocía. El cartón, para este viejo cartonero, significaba vida. La gente suele pensar en el cartón como basura. Asombraría a cualquier ser humano corriente, con preocupaciones banales, superficiales, la cantidad de cartón que se encuentra en las calles por la noche. Y es que todos desechan lo que creen ya no necesitarán. Adquieren un televisor y el envoltorio automáticamente es eliminado de sus vidas. Basura para uno, pan para otro. Es justo.

Deambulaba por las calles, inexistente para la ciudad. Buenos Aires puede ser muy rudo, detrás de aquel cartel del París americano que carga en sus hombros desde hace más de un siglo, cuando los artistas de todo el mundo querían visitarla e inspirarse. Los jóvenes pasaban a su lado sin prestarle la más mínima atención, a excepción de algún borracho ocasional que intentaba importunar. Nada que un vistazo a su machete no pudiera solucionar.

Por supuesto que sí existían personas amables en la Ciudad de la Furia. Una señora en Alto Palermo, cuyo nombre desconocía pese a estar seguro de haberla visto en televisión muchos años atrás, cuando el tiempo no pasaba tan lento y la vida no era esta vida, solía saludarlo y traerle una montonera de láminas gruesas de cartón que le sobraban de lo que parecían ser cajas de zapatos. La amabilidad de una consumidora compulsiva. También había un chico dueño de un pequeño almacén en San Telmo que donaba a su causa toneladas de cartón al mes, sobrantes de cada embalaje de comida que llegaba a su negocio.

Mas estos eran casos excepcionales. La verdad es que todo el tiempo se sentía solo. Y lo estaba. Su última compañía lo había dejado meses atrás, cuando un Pitbull de cadenas rotas la atacó de frente en un parque. El machete silbó en el aire 5 veces y la bestia asesina cayó muerta, pero también lo estaba Dominique, la perrita que encontró abandonada en un basural a fines de los noventa. La enterró con sus propias manos en un claro frente al río, cercano al lugar donde se conocieron. Después de eso solo existió la soledad, anestesiada en parte por su fiel carrito y su trabajo y el amor a la noche y al cartón.

Alguna vez tuvo una familia, suponía, en lo que ya parecía una realidad ajena. Una vida lejana en la que su trabajo era diferente y los días menos ingratos. No podía recordar si empezó a recolectar cartones compulsivamente cuando su familia lo abandonó, o si su familia lo abandonó cuando comenzó a recolectar cartones compulsivamente. Al final nada de eso importaba. Ellos ya no estaban y él aún estaba ahí. Recolectando cartones todas las noches. Inmerso en una realidad inexpugnable. Invisible para el mundo, invisible para él mismo. Caminar para poder comer y seguir viviendo sin estar seguro si seguía realmente vivo. Una existencia surreal, que no parecía tener un propósito definido ni acotado. La única verdad fehaciente era la necesidad de encontrar los cartones abandonados y otorgarles la usabilidad que merecían. ¿El premio? Un día más en este mundo vacío.

Todo esto imaginó en un par de segundos el joven Damián, tras detenerse y observar el cuadro titulado “El Cartonero”, que colgaba en la pequeña tienda de un pintor, en algún pasaje turístico de Caminito.

Para Roberto Jofré, que me permitió vagar por su tienda

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