Marcelo y Sofía

Como todos los días del último año, Sofía llegaba a su casa después del colegio, recogía al plástico compañero de aventuras de aquella tarde y salía a jugar a la plazita de enfrente. Como todos los días del último año, simultáneamente, el vecino saltaba desde su jardín a la calle, con el único objetivo de sentarse a observarla jugar. Ella no se molestaba en tomarlo en cuenta. Su presencia ya era costumbre. Cualquier niña disfruta de un público fiel.

Le llamaba la atención que el niño, quizás un poco más pequeño que ella, entrara a su casa, derrotado, cada vez que sus amigas llegaban a compartir cosas de niñas. Las primeras veces lo invitó a jugar con ellas, cordial y amable, como su madre le decía. Pero el pequeño era demasiado tímido, y su respuesta natural siempre era salir corriendo despavorido, cual ratón espantado por un gato. La única solución estuvo en ignorarlo y aceptar su presencia, lo que fue más sencillo de lo pensado.

En una ocasión, le contó a su madre, llena de dudas, el extraño comportamiento de ese niño. Ella rió y le dijo que así era el amor, a veces inexplicablemente extraño. “A ese chico le gustas. Por eso te mira todos los días”. La respuesta no significó mucho para Sofía, pues solo arrojaba más dudas en lugar de resolver la incógnita. ¿Cómo podría gustarle a ese niño si ni siquiera sabía su nombre? ¿Si nunca habían intercambiado más de una o dos palabras? No tenía mucho sentido.

Un buen día la rutina del observador terminó. Rompiendo todos los esquemas, el pequeño enamorado abandonó sus temores y caminó en dirección a Sofía, quien jugaba sola con unos ponys de juguete.

-Ho-hola – dijo él, dubitativo- ¿Puedo jugar contigo?
– Hola, ¿cómo te llamas?
– Marcelo, ¿y tú?
– Sofía. Sí puedes, pero estos juguetes son de niñas.
– No importa, algunos juegos de niñas son divertidos. Vivo con mi prima y ella me enseñó los mejores juegos de niñas que existen.
– Bueno, puedes usar estos ponys que no me gustan tanto – dijo Sofía, siempre cordial y amable.
– Ya, pero nada en que tengamos que competir. Porque yo soy muy bueno y siempre gano y no te quiero ganar.
– Bueno, sin competir entonces.

El resto de esa tarde consistió en un montón de juegos extraños propuestos por Marcelo, quien es el único capaz de responder si aquellos juegos fueron inventados, con el fin de agradar, o si eran reales. Para ella fue una sorpresa lo divertido que resultó compartir con este niño tan tímido. Pasaron las horas y se hizo tarde. Sofía le dijo que ya era hora de entrarse, no la dejaban estar en la calle cuando oscurecía.

– ¿Puedo jugar contigo mañana de nuevo?- preguntó Marcelo.
– Ya, siempre es mejor jugar con alguien que jugar sola.
– Gracias, eres muy simpática. Mañana nos vemos.

Entonces Marcelo hizo algo inesperado. Algo que había querido hacer toda esa tarde. El objetivo verdadero tras la fachada de los juegos inventados. Rápido como un rayo, el niño se acercó a Sofía y le dio un besito en el pómulo izquierdo. Antes de que ella pudiera emitir ninguna reacción, Marcelo salió corriendo en dirección a su casa, gritando “¡nos vemos mañana!” a todo pulmón.

Ella tocó su cachete con una mano. Se sorprendió al descubrir que su corazón se había acelerado, un cosquilleo recorría sus manos y su mejilla estaba calentita y roja como un tomate. La primara ruborización es todo un acontecimiento en la infancia de cualquier niña. Estuvo a punto de soltar una risita, pero un inexplicable impulso le obligó a fruncir el ceño y llenar de reproche sus ojos, en lugar de permitir la sonrisa. Partió corriendo rumbo a su casa, decidiendo en el camino que mejor no le contaría a su madre lo que acababa de pasar. Sin embargo, Sofía casi no pudo dormir esa noche, ni mucho menos concentrarse en el colegio al día siguiente; ansiosa y llena de nervios por el eventual nuevo encuentro con su niño observador.

Es una lástima que esta historia de amor tan bonita deba terminar aquí. De hecho, es por tributo al amor que esta historia termina donde termina. Todos sabemos que ninguna historia de amor tiene un final feliz. Y si lo tiene, es porque no existió amor.

Pero todos preferimos pensar que existió…

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