La Niña del Abrigo Rojo

Esta historia es real. No se trata de un cuento plasmado en líneas, fruto de mi imaginación, como tantos otros. Es totalmente diferente. Me pasó hace un tiempo y no había escrito nada relacionado. Se lo conté a un par de amigos, pero no me pescaron mucho. Explicaré lo que ocurrió tal cual como fue, aunque cualquier exageración no es mi culpa. Uno siempre tiende a exagerar las historias, no al propio, culpen a la memoria. En fin, aquí va.

La navidad del 2011 la pasé en mi casa, como siempre. Después del show de los regalos, tomé una bolsa con chimuchinas y partí donde mis abuelos, que viven a dos cuadras. Llegué a su casa y estaba con mi tía y mi primo chico. Saludos cordiales, abrazos e intercambio de presentes. El regalo de mi abuela, como de costumbre, era una camisa oscura bien bonita que jamás usaría. Mi abuelo me pasó unas lucas, facilitándose la vida. Y mi tía un sobre. Sé que soy una mierda, pero antes de abrirlo me esperaba algo sin gracia, y preparé mi cara de complacencia falsa. Sorpresa. Un pasaje en avión a Cuzco, Perú, para septiembre del 2012.

Más de medio año después iba de lo más emocionado en el avión rumbo a Perú. Era la segunda vez que salía del país y era extraño para mí que el destino fuera conocer Machu Picchu. O sea, siempre creí que era un lugar interesante para ir, pero no estaba en mis planes inmediatos. Viajé con mi tía, que es una mujer de lo más amable y cariñosa que hay en la vida. Del tipo que te pasa cinco lucas cuando te pilla mirando con cara de perro hambriento una bufanda en la vitrina. También iba mi primo, un cabro chico de 16 años. Inteligente, pero pajarón, aunque como diría un tío, un “buen chato”. Además, y reconozco que me cagaba un poco el genio, nos acompañaba una familia compuesta por una señora y sus dos hijos rucios medios cuicos, de 17 y 14 años, más una prima de 15 de yapa. En resumen, fui con puros pendejos, pero el viaje me salió gratis y me pasaba de patudo si alegaba. Filo, conocería igual.

Llegamos a Perú un domingo 16 de septiembre. El hotel estaba bien. Quedaba a una cuadra de las dos plazas principales de Cuzco. Lo bueno es que me hice amigo del socio de la recepción y me prestaba un termo con agua caliente, así que pude tomar café gratis toda la semana. El primer día estábamos un poco cansados, y mi tía con su amiga andaban histéricas porque varios amigos les metieron miedo con que allá uno se apuna y después no puede caminar y te puedes morir y puros inventos. El punto es que salimos a recorrer solo un rato y en la noche a comer. De lo poco que vi el primer día, me pareció un lugar hermoso, envidiablemente bien cuidado; 500 patadas en el culo a cualquier ciudad chilena que uno considera bonita. Tan cuidadosos son los peruanos con el patrimonio que hasta McDonalds y Starbucks tienen una fachada a la antigua, respetando el sentido arquitectónico de la ciudad. Igualito a Concepción, pensaba todo el rato.

La mañana del lunes 17 de septiembre pasó. Al frente del hotel había una iglesia grande, muy hermosa. Nosotros salimos temprano a esperar una van que nos llevaría a un city tour por la ciudad. Teníamos un rato de margen, así que las tías se fueron a dar una vuelta y nosotros, yo con los cabros chicos, nos quedamos sentados afuerita de la iglesia conversando. Adentro había misa. A 15 metros de nosotros estaba la calle. En Cuzco las calles están repletas y los autos pasan hechos las velas. No me acuerdo de qué hablábamos. Los cabros eran simpáticos, pero yo estaba como ausente. Pescaba y no pescaba. Siempre me viene como un rollo reflexivo cuando estoy de viaje. Normalmente, pienso mucho y siento poco. Afuera pienso mucho y siento más todavía, ando medio colapsado. Fue entonces cuando la vi.

La niña salió corriendo desde la iglesia. Tenía un vestido típico peruano, que podríamos describir como similar al traje de huasa chileno, pero un poco más colorinche y no les da el aspecto de vieja conservadora pechoña. Llevaba una unas trencitas en el pelo; sus pies iban descalzos. No tenía más de 4 años. Todo pasó muy rápido. Yo la vi salir y me dio mala espina al tiro. La experiencia de vivir con dos hermanos chicos te da un octavo sentido que se activa cuando sientes que va a pasar algo malo. Ella corrió. Su cara delataba alegría, como la de cualquier niño que corre libre por una calle. Estaba sola, ni señales de alguna mamá o papá que la observara desde lejos. Quizás por eso me quedé mirándola fijo, sin perderle pisada. Reconozco que no fue algo consciente. Los chicos hablaban pero yo no escuché palabra de lo que dijeron. Mi atención era con ella. Y ahí pasó lo que todo el tiempo, desde que la vi, tuve miedo que pasara. Me levanté y corrí con una velocidad que jamás ha sido la mía.

Incapaz de comprender el peligro, la pequeña corrió directamente hacia la estrecha calle, donde circulaba una cantidad absurda de vehículos a gran velocidad. Yo me moví por instinto. De alguna forma logré calcular, sin proponérmelo, los microsegundos necesarios para alcanzar a llegar. La tomé con mis dos manos de sus axilas justo en el momento en que bajó la vereda. Un segundo después, a menos de un metro, pasó una camioneta gigante, que ni amagues hizo por detenerse. Retrocedí, con ella en mi brazos, y la solté unos metros lejos de la calle. De inmediato la niña salió corriendo, aún con la sonrisa en su boca, de vuelta hacia la iglesia. Nunca comprendió el peligro en el que estuvo. Nunca se enteró que la muerte la andaba buscando esa mañana. La vi entrar en la iglesia en estado de shock. Volteé mi mirada y los cabros me miraban atónitos, incapaces, como yo, de asimilar lo que había pasado.

Nadie dijo nada. O quizás yo no escuché nada. De lo primero que me acordé fue de “la niña del abrigo rojo”, de La Lista de Schindler. Esa pequeña que Oscar Schindler nunca pudo salvar, y le provoca un cambio de actitud frente al holocausto. Al menos yo si pude salvarla. Y entonces me atravesó un rayo de ira descontrolada contra los padres de la niña. ¿Cómo mierda una mamá deja a su hija de 4 años salir sola a la calle? Las ganas de romperle el hocico al papá de esa niña (me alentaba el hecho de que allá en Perú yo era de los más altos en la calle), y decirle un par de verdades eran grandes. Me quedé, pues, sentado afuera de la iglesia, esperando la salida de la niña con su familia, para encararlos. Pasó el tiempo y la gente comenzó a salir. Entre la multitud divisé a la pequeña, y a su madre. Vi a su madre y supe que mi arrebato fue un bluff. Como en el póker. La señora también iba descalza, usaba un gorro y un vestido autóctonos peruanos, además de sostener un canasto con artesanías en una mano y a su hija en la otra. Quizás soy racista o clasista, pero de solo verla supe que esa mujer no tenía educación. No era su culpa el descuido, era culpa mía preocuparme y ser aprensivo con los niños como lo soy. Pecado de hermano mayor.

Los días siguientes en Perú me hicieron comprobar que la realidad allá era así. Los niños, desde muy pequeños, subsisten solos en las calles. Venden solos artesanías, o piden limosnas solos, o roban solos. La mayoría descalzos. Algunos sobrevivirán, otros no. Así son las cosas, simplemente. Por supuesto que el episodio me marcó, pero la anestesia de viajar es efectiva. La mayor parte del tiempo me olvidaba de esa niña, alucinado por las maravillas de las ruinas incas que conocí. Pero en las noches pensaba en ella, y más aún cuando volví a Chile, 5 días después.

¿Qué será de esa pobre niña, cuya vida salvé sin que ella lo supiera? ¿Tendrá un futuro mejor del que se aprecia a simple vista? Quizás el destino me hizo estar ahí y no permitir su muerte, para que algún día se convierta en una mujer exitosa, famosa y adinerada. O al contrario. Quizás al salvarla la condené a una vida de miserias, y mejor hubiera dejado que esa camioneta le pasara por encima, una muerte rápida y casi sin dolor. Todas éstas son preguntas y variables que circulan por mi cabeza sin sentido, pues nunca volveré a verla y nunca sabré qué habría pasado o qué no habría pasado.

No negaré que, de vez en cuando y sin previo aviso, pienso en ella. Pienso en ella y me angustio y me caen lágrimas y me pregunto si estará bien. Imposible saberlo. Veo a mis hermanos y no puedo evitar pensar que tienen mucha suerte. También me veo a mí mismo y no puedo evitar pensar que tengo mucha suerte. Mi único consuelo es, si algún día soy padre, romperme la espalda para hacer a mis hijos felices. Pues por ella no puedo hacer nada.

Para finalizar, solo quiero pedirles que si algún día la ven, le digan que hay un chileno idiota que piensa en ella. Díganle que se cuide mucho. Que siempre se puede ser feliz, solo depende de uno. Díganle que es la niña del abrigo rojo de mi vida.

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