La Batalla Final

Malloy cayó al suelo, víctima de un ataque inesperado por la espalda. No pudo ver quien fue su agresor. El rayo que lo golpeó causó un daño severo, le era imposible levantarse. Sentía la piel ardorosa en toda su espalda. Debió ser un destello de fuego, y solo había una persona en este mundo capaz de causarle una herida semejante.

– Carleon, maldito hijo de puta, traidor. ¡Me atacaste por la espalda! – gritó Malloy, con los ojos desprendiendo antorchas de ira, aún sin ver a su enemigo.
– Jajaja. Te lo merecías, cerdo. ¿Crees que no me enteré de lo que le hiciste a Fitzgerald? Matthew me dijo que lo dejaste caer en la cámara fría. – Dijo Carleon, apareciendo frente a Malloy desde un rincón oculto.
– Sí. Lo hice. Pero le di al chico la chance de vivir. El hielo sagrado no lo matará, puede volver a la vida si aplicas el conjuro correcto. Y no, en ningún caso te diré cómo hacerlo.
– No pensaba pedírtelo, mal nacido. Jamás me rebajaré a tu nivel. Vine hasta aquí a matarte personalmente, no me arriesgaré a darte chance alguna.

Apuntó sus palmas volcánicas en dirección a Malloy y lanzó un nuevo rayo de lava hirviendo. Malloy intentó repeler el ataque, pero la herida en su espalda lo paralizó durante segundos claves, recibiendo el impacto de lleno en sus piernas y cayendo de espaldas malherido, a solo unos metros del Acantilado Final. Carleon caminó, lentamente, hacia su enemigo, con las palmas alzadas, listas para disparar una vez más, saboreando la victoria.

– Carleon, espera. ¡Espera! No me mates. Te diré como revivir a Fitzgerald. Te lo juro.
– Ya es tarde para eso, Malloy. Sellaste tu destino al atacar a mi primo de esa manera. No mereces que te perdone la vida. – Las palmas de Carleon se enrojecieron, a punto de dar el golpe de gracia.
– Si me vas a matar, quiero que sepas que yo lo hice. Yo maté a la puta de tu esposa. – Dijo Malloy, con una sonrisa enfermiza en su rostro – La golpeé, la violé y me suplicó por su vida, como la perra que era. Que siempre fue. Y ya luego la maté. Me lo pasé increíble.
– ¡Púdrete en el infierno, reconchadetumadre!

El rayó salió disparado de las palmas, pero esta vez Malloy carecía de fuerzas para esquivarlo. El ataque alcanzó su pecho, y las llamas se expandieron, voraces, por todo su cuerpo. En un instante estuvo cubierto de flamas que acuchillaban su piel, perdió el equilibrio y cayó por el Acantilado Final, con un rugido de dolor desgarrador que salía de su garganta sin permiso. Carleon miró a su rival caer en el pasto y quemarse vivo. Morir. Víctima de las llamas y del golpe que le profirió la caída. La venganza es un plato que se…

– ¡Cristián! ¡De nuevo hay un juguete quemándose en el pasto! ¡Ven a apagar esto ahora mismo!

Cristian soltó el muñeco de Carleon y bajó corriendo las escaleras. Salió al jardín y su madre le reprendió, nuevamente, por quemar o congelar a sus figuritas de acción, además del soez lenguaje que utilizaba, a todo pulmón, en distintas habitaciones de su casa.

– Lo siento, mamá. Solo quiero darle realismo a las historias. Ya sabes que me dejó llevar. Pero los insultos no son míos. Son los personajes, mami, los personajes dicen las groserías. No yo.

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