La Idea

Tuve la idea un 13 de octubre del año 2011. Unos emprendedores de Santiago fueron a dar una charla a mi universidad para mostrarnos una red social que iniciaron algunos meses atrás. Prometía, se veía que podrían llegar a tener un futuro. Nadie iba a pensar que ellos fracasarían y que sería yo, un simple alumno de pregrado, quien se llevaría el éxito con el tiempo.

En la micro a mi casa se me ocurrió Gossip Room, una red social de rumores. La gracia consistía en que podías crear un perfil donde se podían escribir, anónimamente, rumores sobre tu persona. Por supuesto, tú también podías rumorear lo que quisieras de cualquiera sin ser detectado. Era lo que no tenía Facebook ni Twitter ni ninguna red: la oportunidad de escribir lo que pensaras sobre alguien, sin filtros.

Y es que en Facebook todos fingen. Todos somos políticamente correctos. Aceptas a gente como amigo por educación. Qué feo se vería no aceptar al compañero de la U que te cae mal, o a la compañera estúpida cuya simple presencia te arruina el día. En Twitter la misma historia, no tienes la oportunidad de soltar el cahuín que supiste de alguien sin sufrir las represalias sociales que conllevo el ser un sapo. Gossip Room atacó este nicho.

Mi profesor de teoría de la comunicación me advirtió que la idea podría tener consecuencias negativas. No quise escuchar. La idea de convertirme en millonario estaba incrustada en mi cabeza. Sabía que era mi chance. La única oportunidad que tendría. ¿Qué hay de malo en explotar tus capacidades?

Me demoré un par de meses en estructurar la idea, hablar con un programador y ejecutarla. Al final la hicimos en formato aplicación, disponible para tablets y celulares. A los tres meses del lanzamiento ya habíamos conseguido las 50 mil descargas. El dinero. La fama. El éxito.

Súbitamente me convertí en un rostro transversal. “El Mark Zuckenberg chileno”, me llamaban en algunas portadas. Aparecieron sitios que decidieron contar mi historia. Todos los que me conocían salieron hablando maravillas de mí. El dinero que obtuve me permitió ir a vivir a un barrio acomodado de Santiago. A los 6 meses Gossip Room salió en inglés, francés, alemán e italiano. 4 millones de descargas al primer año. El mundo cambió.

Con los meses, mi círculo de amigos fue otro. De pronto estaba codeándome con los más altos exponentes de la farándula chilena. La fama es un vicio irresistible. Tardaría toda una semana en contar todo lo que viví en esos días. Las mujeres. Las drogas. Los viajes. Dejé de ver por completo a mis cercanos de infancia. Conocí personas más interesantes. Mucho más parecidas a mí, decía. El éxito te cambia, aunque nunca nadie te lo admita en un curso universitario.

El primer caso ocurrió en Argentina, cuando una chica de secundaria se suicidó porque en Gossip Room la acusaron de acostarse con la mitad del colegio. Al parecer era verdad pues a los días apareció colgada en su habitación. Las noticias despedazaron la influencia de las redes sociales en los jóvenes y, particularmente, la inutilidad social de mi aplicación. Después vino un chico con sobrepeso muerto en Italia. Luego Francia. Chile. Brasil. Estados Unidos. 50 suicidios en 2 meses.

La prensa especializada comenzó a investigar. Los primeros estudios aseguraron que la aplicación había ayudado a incrementar los índices de bullying en colegios en un 40% en los últimos meses. Con mi equipo intentamos salir a defendernos. Declaramos que la aplicación era libre de ser usada por cualquiera, para el fin que viera necesario, mas no por eso íbamos a ser responsables por los suicidios. No fue la mejor estrategia comunicacional.

Apple nos dio con todo cuando eliminó Gossip Room del AppStore. Google vino después. Todos nos dieron la espalda. Todos. Tuvimos que declarar el cierre de la aplicación. El incumplimiento de contratos nos llevó a pagar un sinfín de deudas. Tuve que sacar dinero de mi bolsillo para evitar la cárcel. Mucho dinero de mi bolsillo. De hecho, todo el dinero. A mis 26 años pasé de ser un simple universitario, a multimillonario, a empresario en bancarrota. Debí escuchar a mi profesor, que me advirtió de las consecuencias que podría traer mi idea. Debí oír a mi padre cuando me dijo que invirtiera el dinero en propiedades. Ahora ya no me queda nada, solo el recuerdo del éxito que alguna vez tuve.

Las universidades privadas ahora me contratan para dictar charlas y cursos de innovación. Los colegios me citan para contar mi peculiar experiencia de vida. Alguna vez fui jurado en un concurso de talentos. Mi vida siguió, con un rumbo inesperado. Más solo. Sin éxito. Sin dinero. Sin la fama. Sin los amigos de la infancia ni los del jet set. Nada. Solo recuerdos.

Hoy prefiero pensar que todo fue en otra era. En otra dimensión del universo. Cortázar escribió una vez que nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que comenzar de nuevo. Estoy de acuerdo con la primera parte.

Cambio de puesto

En mi curso nos portábamos tan mal que un día la profe hizo pasáramos todos a la pizarra y nos ubicó en parejas de asiento para las clases. Teníamos que estar sentados así todos los días hasta fin de año, con el mismo compañero. Mis amigos rieron en silencio cuando la profe me sentó con ella. Yo me ruboricé y mis cachetes se pusieron un poco rojos. No podía decidir si tenía buena o mala suerte.

Los primeros días era demasiado consciente de su mano. La veía moverse y me daban ganas de tomársela. De hacerle cariño con mis deditos. Sus uñas cambiaban de color todos los días. Me intrigaba si sus manos serían frías o cálidas, suaves o rugosas. Ella apenas me miraba, aunque en general era amable conmigo. Para fin de año ya sentía que nos llevábamos muy bien. Ella me ayudó a practicar las tablas, que me costaban y no lograba entender para qué servían. Por supuesto, ella las recitaba con gracia, como si las supiera desde siempre. A veces me fijaba en sus labios y el pecho se me apretaba. La quería. Nunca me había pasado eso antes.

El verano fue interminable. Pasamos todo enero en el campo de un tío en Santa Bárbara y pese a que estuvo entrete yo tenía ganas de volver al colegio. El primer día desperté solo y me vestí solo. Llegué a la sala para sentarme de inmediato en el mismo lugar del año pasado. No llegó a clases el primer día y la profesora sentó a una niña nueva a mi lado. Tampoco llegó el segundo día, ni la segunda semana, ni el segundo mes. No llegó nunca más.

Alguien de mi curso dijo un día que se había cambiado de colegio y que ya no iba a ser nunca más compañera de nosotros. Creo que esa tarde fue la primera vez en mi vida que lloré por amor. Escuché todos los cassettes románticos que tenía mi abuela. Abba, Neil Diamond, Frank Sinatra. Imaginaba todo el día situaciones donde me encontraba con ella. Se acordaba de mí y decía que extrañaba ser mi compañera de puesto. Al fin me atrevía y le daba la mano. Era suave. Cálida. Las uñas rosadas. Todo era perfecto, pese a que ese día nunca llegó. Eventualmente, con el tiempo, la olvidé. Me gustó otra. Volví a enamorarme. Volví a sufrir. Amé, sufrí, olvidé, amé, sufrí, olvidé.

Yo tenía 10 años la última vez que la vi. Hoy tengo 27 y no puedo creer que esté tan nervioso. ¿Se acordará de mí? Apenas fuimos compañeros un año. ¿Y si cree que soy un psicópata? No, tengo que hacerlo. Lo tengo que hacer. Me niego. Me niego. Me niego a vivir toda mi vida a la sombre del what if.

Y con el sonar de un simple click, envié la solicitud al primer gran amor de mi vida.

La última mirada

La abuela miró por mucho tiempo a su nieto esa noche, mientras dormía acurrucado junto a su osito. Pensó en que jamás lo vería graduarse del colegio. No podría estar en el almuerzo el primer día que llevara a su novia a la casa. No tendría la oportunidad de pasarle un poco de dinero para que fuera a tomarse unas cervezas con sus amigos. Jamás lo ayudaría a decidir la carrera universitaria que debía estudiar, para en un futuro ganarse la vida.

Ella creía que era injusto. La vida, pensaba, nos entrega muy poco tiempo para aprovechar a los que llegamos a querer; a los que vale la pena querer. Le rompía el corazón pensar que su nieto viviría sin su abuelita a partir de esa noche. “La nana se murió, mamá”, lo escuchaba decirle a su hija, con lágrimas en los ojos y los cachetes rojizos. Era un pequeño tan tierno, tan educado, que no se merecía semejante pérdida a su corta edad.

La brisa provocó escalofríos en sus hombros y le recordó que ya casi era hora. Beso la frente del niño y salió de la habitación. Hizo lo mismo en las piezas de sus otras nietas, de su hija y por último de su longeva hermana. Los extrañaría tanto. Le apenaba dejarlos a su suerte, pero lo cierto era que ya no podía hacer más por ellos. No en esta vida, al menos.

A medida que se acercaba a su propia habitación, la mujer comenzó a sentir el frío que la muerte libera como advertencia. Entró y se vio acostada, justo como estaba al irse un rato antes. Le había tomado varios días calmarse y aprender a controlar la sensación de estar afuera. Ahora nunca volvería. Nunca más

El hombre apareció desde la puerta de su baño, tal y como ella lo esperaba. Era un tipo alto, galante, bien vestido y con la piel blanca como el azúcar. “Es hora, mi señora”, dijo solemnemente. Ella se limitó a asentir. Le dio una última mirada a su cuerpo, que permanecía inmóvil recostado sobre la cama. La duda azotó su mente.

  • ¿Podré ver a mis nietos de nuevo? – preguntó.
  • Algún día, sí. Pero ahora hay otros que ansían verte a ti, buena mujer.- Dijo el hombre.
  • ¿Otros?
  • Hace muchos años que te esperan.- El hombre esbozó una leve sonrisa y le estiro su mano.

La mujer comprendió, sonrió y le alcanzó la mano. Por el miedo, la duda y la pena, casi había olvidado lo mucho que ella también ansiaba ir a verlos.

Siempre

Justo al correr el cierre de mi maleta, observé a mi alrededor y caí en cuenta que ya no tenía excusas para retrasar mi partida. La habitación no guardaba ningún objeto que fuera de mi exclusiva propiedad. Miré por sobre la cómoda y encontré la foto de los cuatro en las Torres del Paine, donde fuimos hace dos veranos. La felicidad que irradian nuestros rostros en la fotografía dificulta aún más mi capacidad de comprender exactamente lo que pasa en este mismo momento. Por respeto a mis seres queridos, dejé de perder tiempo en pensamientos inútiles y me dispuse a bajar las escaleras.

Al llegar al primer piso vi que Andrea estaba sentada en el sillón con Sofía entre sus brazos. Mi pequeña lloraba desconsolada, así que supuse que su mamá le había contado que yo me iría. La primera reacción que sufrió mi cuerpo al verla sollozar fue correr y abrazarla, pero cometí el error de contenerme y mirar a mi hija mayor, de pie a un metro atrás de Andrea.

Sus ojos. La expresión repulsiva en su cara al cruzar miradas conmigo. La mueca de asco que se dibujó en la boca de Florencia, quién siempre acusó un respeto imparcial hacia mí. El estómago me dio un vuelco. Las manos sudorosas. Ningún padre debería jamás sufrir la tortura que implica el que tu hija te observe como a un ser repugnante. La única explicación racional para este odio repentino era que supiera la verdad. La innegable verdad.

Al terminar de hacer lo que fuimos a hacer, me quedé unos minutos fumando un cigarrillo y viendo la televisión. La pendeja se vestía rápido. Seguramente tenía otros clientes que atender. Dijo que tenía prisa y no me importó, pues ya estaba satisfecho por esa noche. Tomé la billetera del velador, saqué los billetes y se los entregué. Parece que se fue media enojada, pero para un hombre como yo los sentimientos de una puta son más que irrelevantes. Me vestí de prisa y salí a buscar el auto al estacionamiento del motel. No quería llegar tan tarde, para que Andrea o las niñitas no hicieran preguntas molestas. Y entonces vi a mi esposa sentada tras el volante de su auto, justo a la salida de la habitación. Retrocedió y salió muy lentamente del lugar. No había mucho que decir.

Las tres estaban frente a mí justo ahora. La que fuera mi esposa. Las que serían por siempre mis hijas. Y yo sin una sola palabra que decir. Andrea movió a la Sofía para un lado y se levantó.

–          Ándate luego, por favor. – Me dijo con sus ojos como vitrales- Ya nos cagaste la vida lo suficiente a todas.

Sus palabras fueron como dos puñales clavados y girados en mi estómago, pero tuve la fuerza para una última pregunta.

–          Las niñas. ¿Me vas a dejar verlas?

–          Ahí vemos.

–          Andrea, son mis hijas…

–          Sí, son tus hijas. Si ellas te quieren ver, te verán. Aunque lo dudo.

–          ¡Yo sí quiero verlo, mamá! – Dijo Sofía, y saltó hacia mí para darme un abrazo.

Tuve que darle el sermón del papá exiliado que uno ha leído o visto tantas veces en las telenovelas, sin imaginar que un día estarás en esa situación. Mientras intentaba consolarla, recordándole que nunca dejaría de ser su papá y la vería siempre que ella quisiera, la niña introdujo un papelito en el bolsillo de mi chaqueta. La miré y su cara estaba deshecha de tantas lágrimas, pero se las arregló para lanzarme una sonrisa cómplice. Jamás comprenderé cómo logré contener el llanto.

Andrea le tomó una mano a Sofía y la acercó hacia ella. Me dio una mirada que decía todo. Era momento de irme. No tuve el valor de mirar a mi hija mayor a la cara. Balbuceé un “chao, yo les aviso dónde me estaré quedando” que a nadie le importó y salí de la casa. De mi casa. Nadie te prepara para la primera visión del melancólico cielo nublado luego de arruinar tu vida. Me recordó que no tenía lugar a donde ir. Entre el trabajo, mi familia y las putas, ya no frecuentaba a ninguno de mis amigos. Lo cierto era que ya no tenía ningún amigo.

Cargué el auto con mi maleta y encendí el motor. Antes de partir, le di un último vistazo al lugar donde creí que viviría para siempre y recordé el papelito de Sofía. Solo eran un par de palabras garabateadas con lápiz mina y un dibujo de un palote alto de la mano a un palote pequeño con rulitos. El mensaje rezaba “siempre te voy a querer papi no te olvides de mi”. Las lágrimas, la pena, la rabia, la impotencia, el arrepentimiento… todo salió de una sola vez en el grito más fuerte que di en mi vida, mientras maldecía a la vida por la veleidosa incapacidad de dar segundas oportunidades.

Cuando por fin pude recuperar la compostura, releía en cada luz roja el mensaje en el papelito de Sofía. El único símbolo de esperanza que le queda a mi existencia. Y es que podrás ser un cabrón. Un desgraciado con las mujeres. Un mitómano y farsante con tu familia. Un malagradecido con tus amigos. Nada de eso importa. Siempre, siempre, siempre hay alguien que te quiere.

Celebración

Matilde llevaba años sentada en el paseo peatonal. Todas las mañanas salía del albergue con su jarrito y la manta que le regaló un chico muy tierno que solía llevarle comida y café. Sus pies, siempre descalzos, mostraban signos del pasar de los años. Sus dedos estaban rugosos, desgastados de pisar el frío suelo penquista. Las uñas sucias y rotas, con heridas en los bordes de la piel. Ninguna de sus prendas estaba nueva. Recibía, de manera infrecuente, ropa de parte de los niños que misionaban por las calles de Concepción.

Ningún día parecía diferente al anterior para Matilde. Solo el clima variaba y la obligaba a ubicarse bajo las tulipas a pedir limosna, lo que la disgustaba pues nunca apreció aquellas aberraciones que arruinaron una de sus calles favoritas. La gente pasaba impertérrita a su lado, muchos ya acostumbrados a su presencia. Algunos la miraban y sonreían, e incluso a veces arrojaban monedas a su jarrito. Otros pretendían que Matilde era invisible.

El pasado de la mujer era desconocido para todo el mundo, y lo justo sería aportar que a casi nadie le importaba mucho. Llevaba más de cinco años en la clandestinidad, tiempo suficiente para convertirse en una visión normal para cualquier transeúnte. Ella tampoco sufría en demasía por el destino de su vida. Se avergonzaba del tono que había tomado su voz luego de la enfermedad, por lo que la sonrisa era su principal aliada. Le divertía mirar pasar a la gente e intentar identificar a los hombres de buen corazón. La tarea era dura y de una incerteza inhumana, pero ella nunca la dejaba.

El 15 de mayo del 2014, Matilde llegó al paseo como si fuera cualquier otro día de su triste presente. Acomodó su manta, extendió la mano que sujetaba al jarrito y dejó que las horas pasaran de acuerdo al plan de su cotidianeidad. El chico llegó de improvisto y saludó a Matilde con un beso en la cara que la dejó estupefacta, como la primera ruborización que tuvo a los 9 años, o el primer beso infiel que concedió antes de que todo se fuera al carajo.

–          Hola, Matilde. – Dijo el chico – Supongo que no pensaste que olvidaría tu cumpleaños, ¿verdad?

–          ¿M-mm m-mmi cum-cumpleaños? – tartamudeó Matilde, en las que eran sus primeras palabras en público en ocho meses.

–          Claro, mi amiga. Hoy es 15 de mayo y cumples 52 años. ¿No lo recuerdas?

–          ¡Ay! ¡Tienes razón! L-lo olvidé.

–          Bueno, pero yo no. Y de donde yo vengo los cumpleaños de los amigos se celebran, así que hoy vamos a celebrar el tuyo.

El chico abrió su mochila y sacó un gorrito de cumpleaños. Lo colocó en la cabeza de Matilde y en su cuello colgó un collar de cotillón. La mujer permanecía inmóvil con la boca abierta y los ojos casi desorbitados. Incapaz de comprender lo que estaba sucediendo. De pronto un grito de emoción escapó de su boca y su cuerpo de estremeció ante el recuerdo en vida de lo que significaba la emoción. Las manos le tiritaban y la mandíbula se le escapaba de control.

El chico la miraba con una sonrisa.

–          Te gusta la sorpresa parece. Pero mira, aquí viene la mejor parte.

De su mochila sacó un pastelito y se lo pasó a Matilde, quien apenas pudo sujetarlo porque sus manos casi no respondían. Volvió a soltar un gritito emocionado. El chico puso una velita sobre el pastel y prendió la mecha. Los ojos de la mujer arrojaron las primeras lágrimas de alegría en nueve años.

–          ¡Amigos, un poco de ayuda! ¡Amigos! – le gritaba el chico a la gente que pasaba por el paseo peatonal. Varios curiosos se detuvieron a escucharlo y se ubicaron al lado de Matilde. – Mi amiga aquí está de cumpleaños. ¿Alguien me puede ayudar a cantarle cumpleaños feliz? Necesito un poco de ayuda.

Hubo un rumor de aprobación entre los mirones y más gente se unió a la pequeña muchedumbre que rodeaba a Matilde y al chico.

–          Ahora cantemos todos juntos. Cumpleaños feliz…

Una veintena de personas corearon la canción alrededor de ella. Matilde lloraba a mares y el chico le sujetó el pastel para que no se cayera. Llegado el momento, la que alguna vez fue una mujer triste pidió los tres deseos que la multitud exigía, y luego sopló las velas. Sus primeras velas de cumpleaños en siete años. El rugido de los vítores y aplausos que siguieron casi derrumban a Matilde de la felicidad. Se arrojó sobre el chico en un abrazo inédito en su día a día.

–          Gr-gracias, mi am-amor.- Le dijo entre balbuceos.- Mu-muchas gracias de c-corazón.

–          Para eso son los amigos. – Respondió el chico con una sonrisa.

Más tarde ese día Matilde volvió a la normalidad junto a su manta y su jarrito. Ahora la acompañaban el gorrito de cumpleaños y el collar de cotillón, que guardó como si fueron los regalos más caros de la ciudad. Y lo eran, pues le recordaban que su búsqueda de hombres de buen corazón no fue infructuosa.

La Historia que se Repite

Un sólo torneo para clasificar al Mundial de Fútbol. Dos partidos claves aún no disputados. Cuatro contra cero derrota Chile a Uruguay, goleada que pasa a la historia del balompié nacional. Ocho veces ha participado nuestro país en la cita máxima. Dieciséis millones de chilenos con la esperanza de una hazaña histórica en Brasil. Treinta y dos países participan en el evento deportivo más importante del mundo. Sesenta y cuatro mil espectadores en el encuentro debut del llamado “Equipo de Todos”. Ciento veintiocho cámaras transmiten en vivo a todo el planeta la paliza que reciben los chilenos. Sesenta y cuatro medios latinoamericanos comentan la bochornosa eliminación de La Roja del torneo. Treinta y dos goles en contra le encajaron a la oncena nacional en la fase de grupos. Dieciséis horas toma el interminable viaje de regreso de la delegación chilena. Ocho seleccionados fueron captados asistiendo a una fiesta, días antes del último encuentro. Cuatro son los candidatos para reemplazar al abucheado y recientemente despedido seleccionador nacional. Dos dirigentes se enfrascan en una disputa por tomar el control administrativo de la ANFP, aprovechando la catástrofe del Mundial. Una historia que se repite.

El que Vivió

Cuando por fin recuperé el sentido del tacto, el polvo y la ceniza se aliaron con el objetivo de sentenciar toda chance de sobrevivir. No sé cuánto tiempo estuve en el limbo. Abriendo los ojos cada cierto tiempo, pero incapaz distinguir forma alguna. Tampoco puedo recordar mucho. Solo un estruendo ensordecedor, un destello similar al flash de esas cámaras de fotos tan bonitas y luego el fin del mundo. Como si estuviera a bordo de uno de esos aviones que sobrevolaban siempre mi casa. La gravedad dejó de ser ley; todo y todos volamos.

 

Pasaron los días, o al menos esa impresión tenía. La humareda aflojó con el tiempo, pero yo seguía incapaz de moverme, preso entre las ruinas. Los escombros no me permitían ver nada más lejano a un metro. Moría de sed, de hambre, de calor. Comencé a perder los deseos de vivir, casi al mismo tiempo que perdí las esperanzas de que mi padre apareciera moviendo los escombros para rescatarme. Poco a poco, los párpados dejaron de ser mi propiedad. Se movían a su antojo, indomables. Mis ojos se abrían y cerraban, me dormía y despertaba, omitiendo la voluntad.

 

Llegaron gritos lejanos, que debían ser sueños, pues hace mucho tiempo comprendí que estaban todos muertos. Todos los que conocía. Los gritos se acercaron. Sentí unas manos que me tantearon, pero no pude hablar, mucho menos moverme. Por horas escuché ruidos desconocidos. Como de maquinas. Como de otro planeta. En un nuevo parpadeo involuntario, me di cuenta que me habían sacado. El chorro de agua en la cara fue como un renacer. La vida invadía mi cuerpo nuevamente, aunque seguía muy débil para comunicarme. El primer rayo de sol me dañó los ojos. Me tomó un minuto acostumbrarme a la luz… pero jamás debí acostumbrarme.

 

Allí donde solía estar mi pueblo, mi infancia, mis recuerdos, no había nada. Solo fragmentos de materia que apenas si daban una pista de que en este lugar alguna vez vivió la gente. El desierto. La soledad. No vi rastro de mi casa, ni de la escuela, ni de mis amigos, ni de mi familia, ni de mi vida. El soldado que me llevaba en sus brazos gritaba en un idioma desconocido. Más soldados corrían y se movilizaban para distintos lados. La bandera azul ondeaba sobre la mayoría de los coches.  Mis párpados cometieron una nueva traición.

 

La enfermera manejaba mi idioma en un nivel cavernario, pero logré comprender que me trasladarían a un centro de acogida, en el norte de mi país. Que había empezado una guerra, que el ataque aéreo fue inesperado, que mi pueblo solo fue uno de muchos otros borrados del mapa. Que yo era el único sobreviviente Dejé de escuchar. La duda sobre qué sería de mí era inevitable. Y pensé en mi padre, que alguna vez me dijo que mientras nosotros moríamos de hambre y de la guerra, en otro lugar del mundo la gente compraba ropa, paseaba en su coche y jugaba en los parques (o como sea que se llamen esos lugares verdes tan maravillosos y desconocidos). Quizás yo ahora formaría parte de ese mundo. Tendría la fortuna de conocer una vida mejor.

 

 “La fortuna”, me descubrí pensando, incrédulo, antes de soltar, por fin, el llanto.

Suerte

En octavo básico la vi por primera vez. Yo era uno de los del montón de mi curso. No resaltaba. No caía bien, ni caía mal. No era gracioso, ni de los “minos”, y menos bueno para la pelota. Ella entró a la sala el primer día de clases de ese 2005. Los siúticos le llaman “amor a primera vista”. Yo no sé qué nombre tendrá, pero la vi y supe que sufriría como enfermo por esa mujer. Por supuesto que ella no se fijó en mí en lo más mínimo. Al mes ya pololeaba con el tarado gigante del curso. Clásico.

 

Pero yo podré ser muchas cosas en esta vida, menos mediocre. Llámenme antisocial, freak o lo que quieran, mas cuando yo quiero algo, siempre lo consigo. Tarde o temprano. Estuve enamorado de ella toda la media. Habían rumores de que estuvo con muchos chicos del colegio. Tuvo un par de novios serios, pero nada importante, para mi gusto. Con el tiempo logré acercarme bastante, siempre con el cuidado de no entrar en su círculo de amistad. Yo no la quería como amiga, y tenía que ser muy cuidadoso de que jamás encontrara en mí la faceta del “amigo huevón”, como tantas veces me ha pasado.

 

El año 2009 salimos de cuarto medio. Hacia fines de ese año, ella ya me miraba de otra manera. El tiempo pasó a mi favor. El estirón de los 18 logró que sobrepasara el metro 90, lo que automáticamente generó un cambio en el tipo de miradas que me daban las chicas. Experimente con unas cuantas, solo por deporte, para ganar un poco de cancha. Pero siempre mi objetivo fue el mismo. Uno solo. Ella.

 

En nuestra fiesta de graduación bailamos mucho rato. Pensé que al fin tendría mi oportunidad, pero nunca falta la estúpida mejor amiga ebria que debe ser atendida. La oportunidad se esfumó, aunque yo confiaba en el verano que se acercaba. Fuimos varios del curso a pasar las vacaciones a Pucón. Tuvimos momentos tensos, miradas que nos delataban. La presencia de su ex, también compañero mío, imposibilitó concretar cualquier cosa. Ya estaba cerca, muy cerca de lograrlo.

 

A mediados de febrero me animé y la llamé por teléfono. Por algún motivo que desconozco, resulta mucho más fácil concretar una cita hablando por celular que chateando por Facebook. Salimos un par de veces, yo jugando a ser un caballero. El verano ya terminaba. La universidad supondría muchos nuevos rivales que no estaba dispuesto a sortear. Debía ser ahora.

 

El penúltimo día de febrero por fin me animé a besarla, luego de una mediocre película en el cine, la última función. Entre risas nos propasamos en mi auto, y me lancé al vacío invitándola a mi casa, sola por esa noche. El “vamos” de respuesta volcó mi corazón. 5 años es una vida de espera, todo para este momento. Yo sabía sus gustos. Música de Cole Porter y vino blanco amenizaron la velada. Fluyeron los besos, las caricias. Una delicada mordida en el cuello fue el nexo para subir la intensidad. La tomé en brazos, como si ella fuera una pluma, y la llevé a mi pieza, a mi cama. La desvestí con delicadeza, como tantas veces lo había planeado en mis fantasías. Besé todo su cuerpo y luego mi ropa cayó al suelo. Al fin pasaría lo que por tantos años soñé que pasara.

 

Fue entonces cuando ocurrió. Primero un estruendo en ascenso; el ruido ensordecedor. Luego siguió el corte de luz, seguido por el movimiento irracional que sacudía mi habitación. Todo crujía y se quebraba, parecía el fin del mundo del que tanto hablaron. Nos vestimos como pudimos y salimos de la casa. Finalmente, el caos. La gente lloraba, las madres llamaban a sus hijos, los niños vomitaban del miedo, la radio hablaba de un escenario dantesco, los perros ladraban sin parar y la noche remató todo con una brisa tan helada como el mismísimo polo norte. El resto es historia conocida.

 

Su madre perdió la casa en el terremoto, y con ella la mayor parte de sus bienes materiales. A los pocos días se mudaron donde sus familiares en Santiago y decidieron quedarse allá, donde mi chica estudiaría definitivamente.

 

Y así fue como perdí la oportunidad que esperé casi toda mi vida adolescente. Algunos lo podrán calificar de una tontera en contraste con la catástrofe nacional que provocó el sismo. Otros apelarán a que fue una jugarreta del destino. Yo prefiero pensar que, simplemente, tengo una suerte de la puta mierda.

Muchas Gracias

Durante todo el viaje noté su mal genio. Me llamó la atención lo desagradable que era con todos los pasajeros. Casi ninguno alcanzaba a subir al bus cuando aceleraba, con extraña prepotencia. No quiso llevar a 3 chicos que le dijeron “me lleva por $200“, y casi mató a una señora que olvidó su pase de tercera edad. La agresividad del chofer era descomunal.

 

Comencé a preguntarme el porqué de su malestar. Pensé que, quizás, esta no era la vida que el pobre hombre planeó en su juventud. Tenía un par de stickers pegoteados en el techo sobre su cabeza; HuachipatoCristo, su familia y AC/DC. Era una careta. No me cabía duda alguna de que su rabia extrapolada no era genuina, sino una forma de escapar de algo.

 

Un fulano se levantó. Caminó a la puerta y le dijo “me deja en la esquina?”. El chofer apenas si detuvo la maquina, a regañadientes, para que el hombre, sin decir palabra, se bajara. Aceleró apenas el pasajero puso un pie fuera del bus. Y entonces comprendí todo. Comprendí el botón que activaba el mecanismo de defensa. El porqué de su frustración.

 

Me puse de pie, avancé y detuve a su lado. “Me deja en el paradero, por favor?”, pregunté. No obtuve respuesta, pero la micro redujo de inmediato su velocidad. Justo antes de bajarme, giré mi cabeza lentamente, haciendo de rogar las palabras, buscando su atención, y le dije “muchas gracias, caballero“. Me miró fijamente y apenas esbozó una sonrisa, pero su ojos lo delataron al instante.

 

Y es que nadie nunca le decía “gracias”. La eterna creencia que el chofer es un esclavo una vez que recibe el dinero del pasaje. Que no piensa, que no siente, que no sufre… que no sueña. Vi en sus ojos la alegría provocada por mi insignificante acto de reconocimiento de su trabajo. De un trabajo bien hecho, útil, indispensable.

 

Quizás hoy tendré que caminar un rato bajo la lluvia, por la insensatez de bajarme 12 cuadras antes de mi casa. Pero al menos un buen hombre irá a su casa de mejor ánimo, disfrutará un poco más a su familia y dormirá tranquilo. Suena justo.

 

Juntos de la Mano

El día en que ella vio la luz, el sol negó su aparición, cediendo terreno ante las nubes, la lluvia y el viento. La sala de espera del hospital era amplía, como esos salones antiguos con eco, aliados del frío y la soledad. El piso estaba hecho de cerámicos blancos y duros. Las manos del hombre sentado frente a la sala de parto estaban temblorosas, una mezcla entre el aire helado y el nerviosismo extremo que recorría cada célula de su cuerpo. La imagen con una niña bebé se encendió sobre la puerta, y el tipo se levantó entusiasmado, feliz por primera vez en toda esa tarde de larga espera. La enfermera lo llamó con una seña y caminaron juntos por un pasillo, llegando a una salita todavía más fría que la anterior. Cuando entró, vio a su esposa con una pequeña criatura entre sus brazos, tan diminuta que no podía estar viva de verdad. Las manos le seguían temblando, incluso con más fuerza debido a la súbita oleada de felicidad. Quizás eso podría explicar por qué flaquearon en el momento de recibir a la niña, escurrida como un pez, precipitándose de lleno al duro cerámico y golpeándolo de lleno con su frente. Hoy la veo en el jardín, buscando alguna flor que le parezca bonita. Hace un mes cumplió los 26.

El día en que él nació, su padre pensó que aquello era un castigo del Señor. Nació entre algodones, con una carita muy diferente a la que sus tradicionales padres esperaban. El doctor intentó explicar que no se trataba de una enfermedad, sino un trastorno genético, posiblemente debido a la avanzada edad de la madre. Pero sus padres prefirieron no escuchar, señalándose el uno al otro como culpables en lugar de entender. Las aspiraciones políticas del padre le llevaron a desechar la idea de darle la vida que merecía. Le buscó entonces un lugar para olvidarlo, y siendo solo un niño lo internó. La madre lo frecuentó durante un tiempo, hasta que el cáncer apareció para llevársela sin aviso. Su padre jamás volvió a visitarlo. Ahora dibuja en la salita, con un lápiz de mina rojo, algo parecido a un corazón. Pronto cumplirá los 33.

Los descubrí hace un tiempo sentados en el comedor. Todos los días realizaban la misma rutina, siempre comiendo juntos a la hora de almuerzo. En las tardes salían al patio de la mano y encontraban algún pastito donde volver a sentarse. Cada uno estaba inmerso en su pequeño mundo. Interactuaban poco, balbuceando algunas palabras; entre ellos se entendían. La maravillosa e inexplicable conexión que tienen los seres humanos enamorados. A veces pasaban toda la tarde en el suelo sin hacer nada. Los insectos se paseaban por sus pies, sobre todo las hormigas, ante sus miradas amables e impávidas.

Pero hoy los vi en algo poco habitual. La ruptura de la rutina. Ella le trajo del jardín una flor, cuyos pétalos habían caído casi por completo debido a la fuerza que utilizó al arrancarla. Él la recibió con una sonrisa, mientras sacaba un papel arrugado de su bolsillo y se lo entregaba. Noté como su carita se ruborizó, apretando el papel contra su pecho. Al pasar junto a ellos, no resistí y miré lo que estaba escrito en el papel. El corazón estaba descuidadamente trazado con un lápiz mina, y abajo se podía leer, con un poco de esfuerzo, la frase “Solo pienso en ti”.

Fue entonces cuando comprendí que no podía haber nadie en este mundo tan feliz.

Basado en la canción de Víctor Manuel