Solicitud de Amistad o Algo Más

Todo empezó con un click. La solicitud de amistad fue enviada. Después vino la espera. Honestamente, ese comienzo fue bastante inocente, al menos por mi parte. La agregué a Facebook porque me aparecía todos los días en “Amigos que quizás conozcas”. Dos o tres veces pinché su nombre y accedí al perfil. Se veía muy linda. Fotos de portada con escenas de películas, artistas alternativos e imágenes psicodélicas. My kind of girl.

No recuerdo si me aceptó de inmediato. Estoy seguro que tardamos un tiempo en iniciar una conversación decente. Soy un esclavo del cliché en ese ámbito. Mea culpa. Su excesiva amabilidad marcó el punto de partida de mi actual sufrimiento. Fue distinta a todas las mujeres, claro, es ella. Ella no es como todas las mujeres. Enganchó conmigo de inmediato. Y hablamos y hablamos. Primero día por medio. Después todos los días. Luego todo el día. Todas las horas de todos los días.

Me transformé en un adicto. Ella llenó una necesidad jamás satisfecha. La compañía, comprensión, estabilidad. La gente suele menospreciar el poder que una relación cibernética puede alcanzar. Las redes sociales son una extensión en la web de nuestra vida. Y también una extensión de sentimientos. El amor llegó a mí por medio de Facebook, de Whatsapp, de Line. Tan real como si fuera real. Una época increíble.

Mi teoría es que todo se comenzó a pudrir cuando nos vimos por primera vez. No mentiré, fue el mejor encuentro de mi vida. La sensación de estar conociendo a una persona, pero con la certeza que ya lo conoces de antes, de otra forma, en otro contexto, resulta impagable. Ya estaba resuelto todo lo externo a lo físico. Por supuesto, el primer beso fue una mierda. Y el segundo también. Ya en el tercero recién empezamos a retomar el training. Era todo muy extraño.

Verán, nos teníamos idealizados. Virtualmente, eramos perfectos el uno para el otro. No había fallas. Cero margen de error. Nos complementábamos y entendíamos. Habían peleas y problemas, nada irresoluble. En persona fue todo distinto.

El resto de la historia no merece ser relatada, pues es igual a todas las historias de amor y desamor. Igual a todos los relatos de amores no correspondidos, engaños y mentiras. Promesas no cumplidas, corazones rotos y reencuentros incómodos. Lo típico. El cliché. Pasamos de tener una relación única, o al menos increíblemente distinta, a ser como todos. A estar en el saco de la repetición. Una pareja más en el mundo que no prosperó.

Ha pasado poco más de un año desde ese primer click. Desde la solicitud. Y ahora estoy, nuevamente, en su perfil. Cuestionando si debería pinchar ese botón una vez más. “Agregar a mis amigos”. Es cuando recuerdo todo y vuelvo a comprender que no llegaría a ningún lado. Cierro la pestaña y vuelvo a la normalidad de mi Facebook. Actualizando y actualizando mi inicio, como quien revienta pelotitas de plástico, a sabiendas que ella no aparecerá por ningún lado. Nunca más.

La cuota de masoquismo diaria fue excesiva. Es mejor dejarlo hasta aquí. Al menos por hoy.

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